9 – Reclamar la Tierra Prometida:
Un Nuevo Jubileo para un Nuevo Mundo

En el libro de Josué encontramos que aunque la Tierra Prometida es un regalo de Dios, es un regalo que debe ser reclamado. Aún antes de la conquista de la Tierra Prometida, la ley mosaica prescribe un método en el cual la posesión de la tierra complacía la mirada de Dios. La tierra de los cananeos fue confiscada por su idolatría, sus sacrificios humanos, y la prostitución en el templo, y por su orden social explotados y monopolizador. En contraste, Israel para hacer verdadera su solicitud tuvo que institucionalizar un orden social que protegería contra la profanación y las injusticias de las que sus antecesores eran culpables, y aseguraría a cada familia y a cada generación dentro de la comunidad hebrea iguales derechos a la tierra, de la cual el Señor era reconocido como único y absoluto dueño.

Los israelitas comenzaron con un censo de tribus y familias antes de la conquista (Num.26:1/51). Cada tribu, excepto la de Levi, y dentro de cada tribu cada familia recibiría la parte proporcional de acuerdo a su tamaño (Num. 26:55/56), y por último para evitar discriminación se hacía a la suerte (Num. 34:16/29). La distribución, de acuerdo a estas condiciones, fue concluida en Silo (Josué 19:51). De acuerdo al historiador antiguo Josefo, el territorio no era dividido en porciones de igual tamaño sino de igual valor para la agricultura. Los mojones que protegían estos predios eran mana tenidos por el público y se solicitaba una solemne maldición para el que interfiriera con ellos (Deut. 27:11/16 –19:14).

Como lo hemos descubierto en nuestro propio siglo, es más fácil hacer una vez una repartición justa de la tierra que mantener el sistema sin derrumbarse. Por esto la ley estableció el año del Jubileo. Al final de cada cincuenta años, todas las tierras enajenadas - regaladas, vendidas, o perdidas por no pago de deudas – serían restablecidas a las familias originales. Los poseedores temporales eran compensados por las mejoras hechas en la tierra y que no habían logrado aprovechar. La propiedad en tierra y la división de la sociedad entre clases propietarias de tierra y no propietarias, ya no podía introducirse al sistema. El Jubileo efectivamente ganancias en el control de la tierra y eliminaba el incentivo a la especulación. Al observarlo bien – y la historia indica que el sistema se mantuvo por períodos prolongados – el Jubileo removió con éxito la causa de la pobreza en la sociedad judía.

La influencia de la idea del Jubileo entre los primeros colonos de Pensilvania puede evidenciarse por la inscripción de las palabras bíblicas en la Campana de la Libertad, que ordenaban el año del Jubileo: “Proclamad la Libertad en toda la tierra y a todos los habitantes en ella” (Lev. 25:10). El fundador de Pensilvania; William Penn, mantuvo que todos los hombres eran “inquilinos de la sociedad”, y para costear los gastos públicos instituyó un impuesto a la tierra.

Preocupación por el ambiente también puede encontrarse en las leyes bíblicas. Para evitar el agotamiento del suelo, se ordenó un descanso periódico: “Durante un año cada siete, el suelo se dejaba a las influencias del sol y del frío, el viento y la lluvia, para “recuperarse” después de ser cosechado durante seis años, igual que el trabajador del suelo renueva su fortaleza descansando el domingo, después de seis días de trabajo”.

Como se anotó, la tribu de Levi no participaba en la equitativa división de la tierra pues había sido encargada de llevar a cabo deberes religiosos y públicos. Sus miembros tenían derecho a ser indemnizados por las once tribus que recibían la tierra que de no ser así les hubiera correspondido a ellos. Esta indemnización era el diezmo – una décima parte del producto de la tierra ocupada por las otras once tribus.

Aquí, en principio, está la fórmula para un justo sistema de atenencia de la tierra en cualquier tiempo y lugar. La compensación a los levitas mantenía la esencia del igual derecho a la tierra, junto y compatible con la desigual división física de la tierra misma. Como lo indica Frederick Verinder en su libro My neighbour`s landmark (“El mojón de mi vecino”), los herederos de una casa podían compartirla al ocuparla igual o desigualmente pero “pagando la renta a un fondo común, del cual cada uno retiraba igual parte; o podían alquilar toda la casa a alguien y dividir la renta por igual”. Igualmente con la tierra, el compartir equitativamente la renta económica o el valor de la tierra aplicando un valor a los usos comunes que benefician a todos, hace moral y práctica la propiedad privada de la tierra y su desigual partición.

El moderno equivalente a remover el mojón del vecino no es la apropiación de la tierra por sí misma, sino más bien la apropiación privada del valor de la tierra. “Las ganancias de la tierra son para todos”, (Ecles. 5:9). La ética del Antiguo Testamento, asegurarle a cada cual la misma oportunidad natural, asevera que todos tienen igual derecho ala renta económica, y el diezmo de los levitas demuestra que la socialización de la renta contrarresta el daño ético y práctico que resulta de la propiedad privada de la tierra. Pero hay otra base para ello: la Renta debería ser apropiada por la sociedad porque es un producto social. La Renta se origina en gran parte por dos fenómenos sociales: la mera presencia de la población, y la actividad comunal en un área determinada. Más gente significa mayor demanda por espacio donde vivir y trabajar. Las obras de la sociedad como carreteras, escuelas, protección, parques, alcantarillado, servicios públicos, etc., así como la totalidad de las operaciones comerciales y culturales privadas, todas ellas hacen la tierra más productiva y deseable. De aquí se sigue que una comunidad que costea tales mejoras con el fondo de la renta estará dotada de recursos estables y crecientes con los cuales mantener y mejorar esas obras. Y al contrario de los impuestos convencionales, la recolección de este fondo aumentará la producción de riqueza en lugar de disminuirla.

Los individuos en su sola capacidad como terratenientes no hacen nada para producir valor en la tierra. Al tener sitios sin utilizar, ya sea para especular o por otras razones, pueden generar escasez, inflando así artificialmente la renta, pero esto no representa ninguna contribución positiva a la producción por parte de los terratenientes.

Aunque el aumento en el valor de la tierra no es el único incremento no ganado, el incremento no ganado que resulta de ventajas tales como talento, raza o suerte, no es a expensas de otros. Inclusive Marx lo admitía: El monopolio de la propiedad en tierra es la base del monopolio del capital”. Si bien Marx predicó la abolición de la propiedad privada de la tierra, en su lugar favoreció el transferirla a manos del estado. Le quedó a Henry George explicar como los principios universales de justicia que se encuentran en el modelo mosaico podían ser aplicados en nuestra época en todos sus aspectos económicos – rural y urbano, en agricultura o industria, en áreas tecnológicamente subdesarrolladas o avanzadas.

Lo que George sostuvo era dejar los títulos en manos privadas pero apropiarse de la renta económica a través de la maquinaria existente para el cobro de impuestos a la propiedad. “Yo no propongo ni comprar ni confiscar la propiedad privada en tierra. Lo primero sería injusto; lo segundo innecesario.....No es necesario confiscar la tierra, sólo es necesario confiscar la renta”. Ningún propietario o inquilino será expropiado o desalojado. Ningún límite sería puesto a la cantidad de tierra que una persona quisiera conservar, siempre y cuando pagase la renta anual.

Coordinadamente con la captura de la renta como ingreso público, los impuestos sobre los productos del trabajo humano – mejoras, propiedad personal, servicios, mercancías, salarios, etc. serían reducidos y finalmente eliminados.

George consideraba este remedio no una mera invención humana. Él veía el aumento del valor de la tierra y los fáciles medios de distribuirlo equitativamente como una expresión de diseño sobrenatural benefactora.

A medida que la civilización avanza... también las necesidades comunes se incrementan y la necesidad de ingresos públicos aumentan. Y, así, en ese valor que acompaña la tierra, no por razones de lo que cualquier individuo haga, sino por el crecimiento de la comunidad, se crea una provisión - y podemos decir con seguridad que se crea – para atender esa necesidad social.

El remedio de George va muy lejos para detener la iniquidad presente y prevenir la iniquidad futura. Mientras que la iniquidad pasada, en forma de acumulación de capital debida a previa especulación y monopolio de la tierra no puede deshacerse, estas fortunas pueden ser orientadas a servir las necesidades del público al invertirlas en producción y no en una subsiguiente especulación en tierra y en monopolio.

La teoría de la dependencia, en cuanto a que ella señala una de las causas de la pobreza en el Tercer Mundo como la explotación por inversionistas extranjeros puede encontrar en el impuesto a la tierra de George el camino constructivo práctico que carece. Ni el levantar barreras al comercio ni la restricción a la propiedad de extranjeros es necesaria. Como lo dice un autor australiano:

Cuando inversionistas de un país compran propiedad en otro país están buscando renta que ellos esperan obtener directamente de inquilinos o indirectamente de la venta futura cuando el precio ha subido..... La renta que es tan atractiva a los inversionistas extranjeros puede muy fácilmente quedarse en casa – pasando los impuestos del trabajo a la tierra.

Por haber George asegurado “Debemos hacer de la tierra una propiedad común”, algunas veces y erróneamente es mirado como defensor de la nacionalización de la tierra. Pero como lo hemos visto, no lo era. La expropiación de tierra hace prácticamente imposible compensar adecuadamente a la gente por sus mejoras, que son su legítima propiedad. En el sistema de George se retribuye a la comunidad lo que es debido a la comunidad, sin causar daño a la riqueza que ha sido honestamente ganada por trabajadores productivos.

La propiedad común de la tierra es algunas veces desacreditada al igualarla con lo que Garrett Hardin llama “The Tragedy of the Commons” (“La tragedia de las tierras comunales”). Al referirse a las tierras comunales, que eran una institución inglesa hasta mediados del siglo XIX, Hardin describe la tendencia de los individuos, cada cual siguiendo su interés personal, a cultivar intensivamente, a arrasar, a usar la tierra comunal como si fuera un pozo séptico. Lo que pertenece a todos en este sentido está en peligro de no ser valorado ni mantenido por nadie.

El encierro de tierras, (adjudicación a propietarios privados), terminó con este destructivo proceso pero no sin literalmente sacar a la gente de la tierra, logrando así su precio en miseria humana, que podemos llamar “La tragedia de los encierros”. George pudo determinar la manera de asegurar los beneficios de ambos ( tierras comunales y privadas), evitando el mismo tiempo sus desventajas. El impuesto al valor de la tierra rectifica la distribución de tal manera que todos recibirán en proporción a su contribución a la producción de riqueza. Así se libera el sistema económico de los explotadores que contribuyen poco o nada. El repartir el pastel de la riqueza adecuadamente incrementa el incentivo para aumentar el tamaño del pastel. El mercado en la práctica llega a convertirse en lo que la teoría capitalista alega ser – un proceso profundamente cooperativo de intercambio voluntario de mercancías y servicios. Aunque parezca paradójico, la única manera de asegurarle al individuo lo que le corresponde a él o ella es recibiendo la sociedad lo que a ésta le corresponde: Para actualizar el ideal del individualismo de Jefferson se requiere la socialización de la renta.

Así como los marxistas se equivocan al insistir que todo debe ser socializado, los extremistas capitalistas se equivocan al insistir que todo (incluso parques públicos y bosques) debe ser privatizado. El camino medio es reconocer el derecho dela sociedad a lo que la naturaleza o la sociedad crean – el valor de la tierra y su renta – para que las clases trabajadoras, incluyendo los empresarios, puedan reclamar completamente la parte que ellos crean. En esta balanceada solución se puede encontrar las verdaderas realidades inherentes en el socialismo y en el individualismo.

El Proximo CapítuloLecturasLecciónesEnlacesEl Instituto Henry George