7 – Rodeos en la Tierra Desaprovechada: Marxismo y Liberación
Los teólogos de la liberación han sido influenciados de varias maneras por aspectos de marxismo, tales como algunas versiones de la teoría de la dependencia y el concepto de alienación, plusvalía, lucha de clases, y socialismo. Pero no han sido devotos serviles de Marx, ni han ignorado otros movimientos seglares – como freudianismo, existencialismo, y fenomenología. Más todavía, aunque ahora se usa con creciente reserva, el marxismo todavía retiene algo de vitalidad en el pensamiento liberacionista, y la influencia del marxismo ha distorsionado el aspecto socioeconómico de la teoría de la liberación.
Alienación es un concepto extractado por el joven Marx del idealismo hegeliano. Según Marx, alienación hace referencia a cómo estamos separados y mal dirigidos por las proyecciones de la experiencia humana tanto en el pensamiento abstracto como en las instituciones sociales. Esta es una separación dañina que divide a una persona internamente y la separa de otros, socavando un sentido de ser verdaderamente completo y “satisfecho”.
Marx encontró la fuente de alienación en la relación de intercambio en general, y la relación de salarios en particular. Bajo este sistema, una persona ve en el trabajo y sus productos como externos a ella, un medio de satisfacer otros objetivos, y las relaciones de trabajo ( patronos, empleados, compañeros de trabajo, etc.) como medio para otras cosas. No estando ya protegido por asociaciones patriarcales, vínculos feudales, sanciones religiosas, etc., el trabajador es lanzado al “ruedo-dinero” del capitalismo y confronta directamente el mercado impersonal, que lo enfrenta como un tirano y una fuerza anárquica que ni trabajadores ni patrones pueden predecir, controlar o entender.
De acuerdo a Marx, la alienación capitalista no depende de la división del trabajo por sí misma (ya que ésta es un hecho de todas las economías) sino “la subordinación esclavizante del individuo a la división de trabajo” que reduce la persona a un piñón de una máquina.
Los teólogos de la liberación han unido la conquista de la alienación con la abolición del sistema de ganancias, llevando al resurgimiento de lo que Gutiérrez llama el “hombre nuevo” – libre, sin egoísmo, creativo, responsable socialmente – el forjador de su propio destino. “Nuestra revolución”, proclama José Porfirio Miranda, “está dirigida hacia la creación del nuevo ser humano”. El esfuerzo sistemático más extenso de los liberacionistas, un trabajo de cinco volúmenes por Juan Luis Segundo, se titula “Teología para los Artesanos de una Nueva Humanidad”. Todo esto concuerda con el punto de vista marxista que la naturaleza humana es plástica y puede ser transformada alterando estructuralmente las relaciones materiales. Pero esto no está de acuerdo con el reconocimiento tradicional cristiano que la naturaleza humana es pecaminosa y sólo puede ser transformada a través de la operación de la divina gracia en los corazones humanos.
Para Marx, ya que la producción está más desarrollada bajo el capitalismo, de igual manera lo es la alienación y explotación. Esta explotación está escondida por el “fetichismo de mercaderías” – las relaciones sociales entre los productos del trabajo conseguidos con dinero. La medida de la explotación, según Marx, se encuentra en la diferencia entre el valor del trabajo (salarios pagados) y el valor de las mercaderías vendidas. Esta diferencia, con ganancia para el capitalista, es la “plusvalía” de Marx. El capital es sólo trabajo almacenado, escribe Marx, que no merece más ganancia (interés), y es estéril sin la aplicación de trabajo actual. No crea ningún valor, sino que lo absorbe. El nuevo valor es producido por el trabajo actual pero al trabajador sólo se le paga el valor de las necesidades de la vida habitualmente requeridas por el trabajador promedio. La plusvalía, diferencia entre este valor y el valor de su producto en el mercado, lo constituyen los “salarios robados”.
La falacia de Marx está en no reconocer que el capital aumenta tremendamente el poder productivo del trabajo actual, sin el cual el trabajo sería casi estéril. Si la gente no hubiera acumulado trabajo al refrenarse de gastarlo en forma inmediata, y en su lugar usarlo y aún arriesgar sus salarios para aumentar la riqueza, el capital no existiría.
Inicialmente el trabajo acumulado es la única fuente de capital. Más tarde la renta de la tierra puede convertirse en capital. Pero Marx vió al capital, aún en su formación inicial, como expropiación del trabajo de otros. En cuanto a esto de la expropiación estaba parcialmente en lo correcto, como él mismo lo indica, pero causada por el terrateniente.
El materialismo dialéctico de Marx sostiene que las clases sociales están determinadas por el desarrollo histórico de varios modos de producción, y que la lucha de clases debe llevar inevitablemente a la dictadura del proletariado, una transición en el camino hacia la abolición de todas las clases y la emergencia de una sociedad sin clases sociales. Sin embargo, en América Latina, el proletariado – los trabajadores asalariados de Marx – constituye sólo la cuarta parte superior de los asalariados. Los totalmente al margen son los inquilinos de tierra y otros agricultores, junto con los desempleados o subempleados de las barriadas urbanas. Pero Marx consideró a los trabajadores del campo de su época como reaccionarios sin esperanza, y al bajo “proletariado amorfo” como degradados, mendigos, criminales, y esquiroles.
La teología de la liberación, sin embargo, toma algo de Marx para su propia versión. Al sustituir al proletariado por los pobres, los liberacionistas mantienen que la teología debe salir de las prácticas revolucionarias de las masas marginadas y explotadas. Pero, los pobres presentan las mismas tendencias que las otras clases, desde el virtuoso hasta el vicioso, un hecho que complica la consideración liberacionista que los pobres son los depositarios de la verdad.
A pesar del reciente colapso de los estados socialistas, el socialismo, o una percepción de él, todavía se mantiene en muchos que tratan de exterminar la opresión económica. Marx fue vago en cuanto a la estructura de la sociedad después de la revolución. Al describir los objetivos de la Comuna de París en 1871,escribió: “Yo quería hacer verdadera la propiedad individual al transformar los medios de producción, tierra y capital, que ahora esclavizan y explotan al trabajo, en meros instrumentos de trabajo libre y asociado”, y declaró “esto es Comunismo”. Esto suena sorprendentemente consistente con el mercado libre y con los objetivos de una verdadera reforma agraria, pero está lejos de ser consistente con lo que él entiende por comunismo: la completa abolición del mercado.
¿Qué se supone debe suceder después de la inevitable caída del capitalismo? La producción será para usarla y no como ganancia, y al principio se distribuirán los productos (por medio de certificados laborales sin circulación), en términos de cantidad de trabajo socialmente útil que cada individuo ejecuta. En la “fase superior” de la sociedad comunista la distribución será de acuerdo a la fórmula “de cada cual de acuerdo a su capacidad, y a cada cual de acuerdo a sus necesidades”.
Marx fuera de estas sugerencias dio muy pocos detalles sobre los certificados de trabajo y planeación central. ¿Cuáles son los criterios que los planificadores usarían para asignar tanto los recursos naturales como los humanos? Y, ¿cómo no contradiría la visión de Marx de libertad de cambiarse de una ocupación a otra voluntariamente, aún varias veces al día? Y, ¿qué puede prevenir a la dictadura inicial de convertirse en una oligarquía perpetua?
Los liberacionistas ignoran la historia del socialismo de estado, que cada vez ha introducido “impurezas” capitalistas para corregir su mal desempeño – comenzando desde la “Nueva Política Económica” de Lenin. Estas medidas han sido necesarias porque el punto de vista socialista que la naturaleza humana es naturalmente noble o casi totalmente maleable, es una falacia. Mientras que muchos responden sin egoísmo y heroicamente en crisis como guerra y desastres naturales, tal comportamiento no puede sostenerse en gran escala como rutina regular diaria. En cuanto a que las poblaciones puedan ser condicionadas a comportarse no egoísticamente es asumir que pueden llegar a ser manipuladas como autómatas!
Un sistema económico está mejor fundado asumiendo que las gentes son básicamente egoístas. Y el arte de gobernar, lo observó el arzobispo Temple “es el arte de ordenar la vida de tal manera que los intereses propios coinciden con lo que la justicia demanda”.
La crítica hecha aquí debe mucho al trabajo de Michael Novak, especialmente en su libro Will it liberate? (¿Nos liberará?). Pero mientras Novak consideraba seriamente la teología de la liberación y buscaba un diálogo verdadero, es desilusionante no por lo que dice sino por lo que deja de decir. (Esta la razón por la cual es considerado por muchos liberacionistas como un apologista del capitalismo norteamericano.) Cuando él habla de usar el sistema tributario en América Latina para promover y maximizar la creatividad económica más bien que represarla, en ninguna parte muestra Novak un modelo de tan iluminada política fiscal, y en ninguna parte hace sugerencias concretas de cómo tratar el problema de la tierra. Y, sin embargo ambos, reforma fiscal y reforma agraria, están íntimamente conectadas: la verdadera liberación exige ambas.
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