3 – La Tierra Prometida y la Promesa de Reforma Agraria
Las clases bajas de América Latina sueñan con algo mejor para ellos y sus hijos. En consecuencia muchos países latinoamericanos han intentado instituir alguna clase de reforma agraria. Ya que las estructuras de opresión no se desarrollaron autónomamente, muchas de las reformas tenían como objetivo evitar la explotación extranjera. Entre los ejemplos tenemos la nacionalización de los campos petrolíferos en Chile en 1923, en Argentina en 1924,en Méjico en 1938, en Brasil en 1950 y en Perú en 1969. Algunas veces, sin embargo, la nacionalización ha tenido como objetivo a grupos dentro del país, como la de la industria del estaño en Bolivia, en 1952, cuando más de la mitad de la industria pertenecía a la familia Patiño. (Es interesante notar que se seguía la práctica colonial de reservar el oro y la plata para el Rey, hecho más característico en América Latina que en las colonias inglesas, como los Estados Unidos). Fuera del control legislativo sobre los recursos naturales y de gas, sin embargo, ha habido pocos atentados para llevar a cabo una reforma agraria rural, y prácticamente ninguno para una reforma urbana.
Méjico intentó hacer una reforma agraria a mediados del siglo XIX después de expropiar las propiedades de la Iglesia, y en 1917 después de la revolución que derrocó la oligarquía Díaz. Antes de la revolución, que comenzó en 1911, dos décimas del uno por ciento (0.002%) poseían propiedad, y el 84% eran trabajadores sin tierra. El objetivo de la constitución mejicana de 1917 era distribuir parte de la tierra a los campesinos en pequeñas áreas, y como adjudicaciones llamadas ejidos a las comunidades. En estas últimas se permitía a individuos el cultivar lotes de la comunidad, sin tener que comprarlos o alquilarlos, y aunque la idea era buena, no había suficiente tierra para asignar lotes a todos los campesinos. Más de la cuarta parte del territorio nacional (más de 55 millones de hectáreas) fue expropiada y dividida entre los años 1924 y 1970. Pero con el retiro del soporte del estado en forma de crédito, recursos hidráulicos, transporte y mercadeo, y sin asistencia técnica los ejidos no podían competir con las empresas privadas.
Otros intentos de redistribución de tierra han tenido lugar en otros países latinoamericanos como Bolivia, Perú y Cuba con resultados semejantes.
El más prometedor proyecto de reforma agraria en América Latina fue la “Ley de Enfiteusis”,adoptada en 1826 en Argentina, bajo la influencia de su presidente Bernardino Rivadavia. Enfiteusis, en la antigua ley romana, significaba una cesión perpetua de tierras y viviendas a cambio de una renta anual y de mejoras. Su aprobación pronto produjo nuevos poblados, nuevas oportunidades de trabajo, y el cultivo de tierras descuidadas. A la promulgación siguió una serie de decretos que corregían defectos administrativos, pero antes de que entraran en operación Rivadavia tuvo que renunciar. Su encarnizado opositor, coronel Dorrengo procedió a mutilar el programa, proceso que fue completado por el dictador Juan Manuel Rosas quien se adjudicó grandes extensiones, igual que a sus esbirros, eliminando casi completamente la recolección de la renta de la tierra para el estado. Las provincias del interior prácticamente se despoblaron, y la ley de Enfiteusis fue finalmente abolida en 1857.
Escasamente en América Latina, y en otras partes, se ha llevado a cabo una reforma agraria. Uno de los mayores obstáculos es que muchos gobiernos están regidos o controlados por una poderosa élite que es dueña de la tierra más valiosa, y que, a menudo, retarda y corrompe el proceso de reforma. Las compañías extranjeras también se oponen a las reformas amenazando con el retiro de las inversiones. Estas compañías están protegidas por políticos fiscalmente conservadores quienes argumentan que para el desarrollo económico es necesaria la estabilidad, aún a expensas de ignorar la explotación del pobre, que prácticamente no tiene representación en el proceso político. Y las pocas reformas que se han puesto en práctica han estado plagadas de innumerables problemas y a menudo sólo restablecen la posición del antiguo terrateniente, gracias a la compensación por las tierras expropiadas, pues como nuevos monopolistas del comercio y del dinero pueden renovar la explotación del pobre.
Para los teólogos de la liberación y sus seguidores parece natural retomar su tradición religiosa para dar respuesta a la severa injusticia y sufrimiento debidos al monopolio de la tierra. En la Biblia, la Tierra Prometida está caracterizada por el “eminente dominio” de Dios. La abundancia de la tierra viene del reconocimiento de que la tierra es del Señor. De lo contrario continuamos en la Tierra Desaprovechada.
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