10 – La Tierra Prometida y el Reino de Dios
La Tierra Prometida, como el Edén, es un lugar de potencial ilimitado en el cual se glorifica a Dios y se manifiesta su deseo. Pero no es el Reino de Dios. Representa la liberación de la esclavitud externa – de la opresión y del acceso restringido a las oportunidades materiales. Es la matriz temporal en la cual el Reino puede desarrollarse completamente. Pero no es el Reino. Aunque es una herejía situar este Reino exclusivamente en la vida futura o en un paraíso etéreo. Jesús lo declaró “no es de este mundo” (Juan 18:36), pero “en este mundo”(Lucas 17:21). No es un reproche a Henry George que él no hizo distinción entre la Tierra Prometida y el Reino de Dios, extasiado por su visión de una sociedad justa:
Desvanecida la necesidad, con la codicia transformada en pasiones nobles; con la fraternidad que nace de sustituir por la igualdad los recelos y el temor que ahora alinean a los hombres unos contra otros; con el poder mental liberado por condiciones que dan comodidad y descanso al más humilde, ¿quién es capaz de medir las alturas a que nuestra civilización puede remontarse? Faltan palabras a la idea! Es la Edad de Oro..... Es la culminación del cristianismo – la Ciudad de Dios en la tierra, con sus murallas de jaspe y sus puertas de perlas! Es el reinado del Príncipe de la Paz. (Progreso y Miseria).
Al igualar las oportunidades, la liberación política y económica tiende a traer a ambos, rico y pobre, hacia la clase media. Como una expresión de justicia social, constituye un verdadero avance ético igual que material. Pero no es garantía de una ganancia espiritual. Entre los rasgos característicos de la clase media se incluyen virtudes como la laboriosidad, economía, freno, rectitud comercial y profesional pero, por otro lado, imprudencia, autosatisfacción, y una inclinación a mirar todo beneficio material como signo de lo bueno. De aquí que, aún en la Tierra Prometida, lo que Paulo Freire llama “concientización” (más o menos, crear conciencia a través del compromiso social), enfatizada y refinada por la teología de la liberación debe continuar aunque de una manera 0diferente. El Reino de Dios florecerá sólo cuando la liberación externa dé origen a la liberación interna logrando así una victoria sobre las limitaciones del carácter burgués.
“La tierra es del Señor” (Salmo 24:1). Esta declaración nos dice algo sobre Dios: Él está unido a la tierra y la ama. Él no es una abstracción espiritual olvidadiza de la Tierra Desaprovechada en la cual vivimos. Dios ha sido el hacedor del comer y dormir, del trabajo y la reproducción. También nos dice algo de nuestro lugar en este mundo. Con Dios como el verdadero propietario de la tierra, cada persona tiene un derecho al producto que equitativamente compensa sus esfuerzos.
El reconocer que “la tierra es de Dios” es ver que el mismo Dios que estableció las comunidades también en su providencia ha ordenado para ellas, a través de la tierra misma, una fuente de ingreso. Y, en la Tierra Desaprovechada en la que vivimos este ingreso va principalmente a los bolsillos de los monopolistas, mientras que las comunidades atienden sus necesidades arrebatando a los individuos los frutos de su honesto trabajo. Si alguna vez hubiera duda de la existencia de un pecado estructural, la prueba está en nuestro sistema tributario. Por todas partes vemos gobiernos exigiendo impuestos a los individuos por su industria y actividad, mientras que el valor de la tierra, socialmente producido, es aprovechado por los especuladores en exactamente la misma proporción a la tierra que retienen. Mientras más grande la Tierra Desaprovechada, mayor la recompensa de los terratenientes.¿Se comporta esto con algún plan divino, o noción de justicia y derechos humanos?¿O más bien, no se perpetúa la Tierra Desaprovechada y se obstaculiza la llegada a la Tierra Prometida?.
Esto no significa que los monopolistas de la tierra y los especuladores tienen un monopolio en la adquisición o en el “motivo-ganancia” que es casi universal de la naturaleza humana. En grupo, no son más pecadores que la gente en general, excepto en cuanto a sabiendas obstruyen las reformas conducentes a remover la base de la explotación. Muchos están de acuerdo con el dicho: “ Si hay que vivir en un sistema corrupto, es mejor beneficiarse de él que ser una víctima.
Pero ellos no tienen que vivir en un sistema corrupto: nadie tiene que hacerlo. El motivo-ganancia puede ser canalizado de tal manera que sea socialmente deseable o que sea socialmente destructivo. Demos nosotros testimonio de nuestra fe, que la tierra es del Señor, construyendo un orden social donde no haya víctimas.
Lecturas Lecciónes Enlaces El Instituto Henry George
|