Nº 1 – Propiedad

¿Cómo se adquiere el derecho a poseer algo?. ¿Un par de zapatos? ¿Una obra de arte? ¿Un juego de herramientas? ¿Un lote de terreno? ¿La patente de un invento? ¿Un esclavo?. En otra época era legal el poseer seres humanos, pero la mayoría de la gente está de acuerdo que la esclavitud siempre fue inmoral. ¿Cuál es la base moral de la propiedad?

La mayoría de la gente de nuestra sociedad tiende a estar de acuerdo que uno atiene derecho a poseer lo que uno produce con su propio trabajo. Si yo construyo una casa, o fabrico un par de zapatos, o siembro trigo, yo soy dueño del producto. Describiendo la situación así – en términos básicos – no se encuentra desacuerdo.

¿Hay una diferencia esencial en lo moral cuando se producen cosas para intercambiarlas, no para su uso personal?. ¿Cómo podría haberla? Si yo construyo una casa,¿ no tengo derecho a vendérsela a otro? Si vendo mi par de zapatos, o mi cosecha, ¿no tengo derecho a recibir lo que me den a cambio?. Así vemos en estos sencillos ejemplos que, considerado económica y moralmente, el intercambio es parte del proceso de producción. Cambiar el producto del trabajo de uno por otra cosa es en esencia lo mismo que producir ésta.

Tal vez puedo yo obtener más trabajando para un patrono que produciendo cosas para vender. ¿Acaso no son míos mis salarios para yo gastarlos como me parezca? Y las cosas que compro con mi salario, ¿no son acaso el producto de mi trabajo, igual que si las hubiera hecho yo mismo?

Si yo, por ejemplo, compro con mi salario algo que ha sido robado – digamos un televisor - ¿es ese televisor honestamente mío?. No, ese televisor pertenece a quien lo produjo o a quien lo adquirió a cambio de algo, no a un ladrón!

Pero supongamos que yo cambio mi salario por un lote de terreno. La persona a quien se lo compro tiene un título legal y la venta se hace sin fraude o error.¿Es ese lote moralmente mío?. Claro que no lo es – igual que si yo hubiera comprado un esclavo legalmente. ¿Cuál es el origen del título legal que he comprado?. Sin duda el último propietario lo adquirió de otro que, tal vez, lo heredó de algún antepasado que logró una adjudicación de tierra de algún gobierno o de un soberano que originalmente se había apoderado de él por la fuerza, o se lo había adjudicado él mismo. Ciertamente no lo produjo!

No es posible para los seres humanos el producir tierra. Podemos mejorarla, podemos construir sobre ella, y podemos correr el riesgo de ponerla en el mercado con las mejoras – pero las oportunidades naturales no las creamos nosotros. La legitimidad de un lote de terreno no salió de su producción, sino de un privilegio otorgado por la ley para aprovecharse de las oportunidades naturales necesarias en toda producción – necesarias para mantener la vida – y cobrar por el acceso a ellas.

Si estamos de acuerdo que la base moral de la propiedad es el producto del trabajo de uno, entonces la propiedad en tierra –el poder de adueñarse de la renta de la tierra misma – es inmoral, tan inmoral como la esclavitud – en verdad es sencillamente otra manera de esclavitud.

La economía moderna pasa por encima o ignora esta diferencia fundamental, y porque tiene muy poco que decir acerca de las bases morales de la propiedad, tiende a esconderse detrás de ser “sin valor”, y rehúsa hacer cualquier discernimiento moral y asegura que tales conceptos están fuera del dominio científico de los estudios económicos. Sin embargo, el rehusar decidirse en cuanto a la propiedad ya indica que han tomado partido. Las leyes naturales no pueden quebrantarse, sólo ignorarse – y las consecuencias de hacerlo son brutalmente claras a nuestro alrededor.

Para Henry George – y en las leyes económicas del Antiguo Testamento – la base moral de la propiedad es clara: tenemos el derecho absoluto a poseer lo que producimos, y no atenemos ningún derecho a los bienes naturales.

Sin embargo podemos profundizar más en la cuestión. ¿Cuál es la base moral de este que parece ser derecho inviolable de poseer lo que producimos? En realidad, georgistas y seguidores de la liberación consideran este derecho como inviolable; las sociedades modernas no tanto. En los Estados Unidos se trabaja hasta mediados de abril, en promedio, para pagar los impuestos. La gran mayoría acepta, de mala gana, la responsabilidad de pagar por los gastos públicos con la riqueza creada por los individuos (pero olvidan que los verdaderos beneficiarios de esos servicios públicos, los terratenientes, terminan pagando poco o nada por ellos!).

La única alternativa comúnmente presentada es la famosa frase de Marx: “De cada cual de acuerdo a su habilidad y para cada cual de acuerdo a sus necesidades”. Aquí, la comunidad recoge todo y a los individuos se les suplen sus necesidades, aunque su propia producción no sea suficiente.

Los occidentales deberían pensar por un momento antes de aterrarse de esta idea. Obligadas por un inmanejable ciclo de bonanza-crisis, así como unas masivas concentraciones de riqueza y pobreza absoluta, las modernas democracias ya han avanzado mucho en dirección del socialismo.

Y lo han hecho por razones prácticas. Las políticas del moderno estado “benefactor” aparecieron en respuesta a la inquietud laboral que amenazó con llegar a ser explosiva durante las dificultades de la Gran Depresión (1929 – 1932 ), y aunque parecía aminorar los picos de los ciclos bonanza-crisis, nada hicieron para ajustar las causas que los motivaban. Ahora tales políticas, después de dos décadas de presión por parte de las derechas, parecen estar desacreditándose.

Y ¿qué han hecho los tradicionalistas para ganar respaldo con el objeto de desmantelar el estado benefactor? Pues buscar el resentimiento por los impuestos, resentimiento que emana del conocimiento del derecho a los frutos del trabajo.

Parte de la razón que parece tan cierta es que el trabajo mismo tiene un valor espiritual. Para los economistas trabajo es fatiga, esfuerzo, algo que debe evitarse. Pero nuestro trabajo es una extensión de nosotros mismos, de manera personales y complejas. Casi cada trabajo tiene algún nivel de disfrute natural – se trabaja por el placer de trabajar. En términos estrictamente económicos el trabajo que nos da gusto, el que haríamos aunque no recibiéramos pago, no es trabajo. Pero todos tenemos que vivir, y el nivel de trabajo o de goce es un factor importante para determinar cómo se recompensa. Muchas personas escogen trabajos que les agradan, aunque podrían recibir mayor salario haciendo algo que considerasen laborioso. Y, los que trabajan en condiciones desagradables, aburridoras o peligrosas a menudo obtienen altos salarios. (Obviamente esto no sucede cuando hay alto desempleo!). Prácticamente toda persona que trabaja para vivir siente, en algún momento, la satisfacción de ser competente y creativo. Aun en los trabajos más sencillos hay elementos de creatividad; y el daño que un prolongado desempleo hace a la autoestima puede ser grande.

Me parece que el “derecho fundamental” para poseer lo que producimos con nuestro trabajo se basa en esta identificación con el trabajo de uno, este valor que sentimos en hacer, contribuir o suministrar algo. Pero esa satisfacción puede perderse rápidamente si uno siente que se están aprovechando de uno, o que nuestros logros o contribuciones no están compensadas justamente.

Mucha de la satisfacción que los trabajadores tienen en su trabajo se merma por la competencia que presiona los salarios hacia abajo. La satisfacción espiritual en el trabajo motiva, pero es difícil mantener la motivación, para no decir demasiado, cuando se puede observar a otros enriquecerse sin trabajar.

“Rico” y “pobre” son conceptos relativos. La justicia no requiere que se le pague mucho a cada trabajador, la justicia requiere que los trabajadores no estén obligados a trabajar por una mera subsistencia cuando sus vecinos, que no trabajan, viven en el lujo. Más todavía, la justicia requiere que alas gentes que están deseosas y son capaces de trabajar no se les niegue la oportunidad cuando los recursos naturales se mantienen inutilizados por sus “propietarios”.

Por último, la sociedad tiene cuatro posibles escogencias con relación a los derechos de propiedad:

  1. propiedad privada absoluta en todo;
  2. la comunidad es dueña de todos los medios de producción y del producto, y lo producido (riqueza) se reparte de acuerdo a las necesidades;
  3. una mezcla de los dos anteriores;
  4. la comunidad es dueña de las oportunidades naturales y monopolios, y los individuos son dueños de lo que ellos producen.

En términos prácticos, numerales 1 y 2 son extremadamente radicales; y el 4 no se ha ensayado todavía. Pero, si en verdad creemos en el derecho a poseer los productos de nuestro trabajo, el numeral 4 es la única escogencia justificable. La sociedad ha estado huyendo de una cuestión importante. A medida que el globo terrestre se hace más pequeño, el día se acerca cuando estaremos obligados a hacerle frente.

— Lindy Davies


Lección 6LecturasLecciónesEnlacesEl Instituto Henry George