CAPITULO 6

POBLACION Y SUBSISTENCIAS

La doctrina a la cual Malthus* (1) dio su nombre afirma que la población tiende naturalmente a aumentar más aprisa que las subsistencias. El la formuló afirmando que, según el crecimiento de las colonias en Nortamérica demostraba, la natural tendencia de la población es de duplicarse cada veinticinco años por lo menos, aumentando asi en progresión geométrica, mientras que «el sustento humano que la tierra da... en las circunstancias más favorables a la labor humana productora, no se podría aumentar más aprisa que en progresión aritmética», esto es, «aumentándola cada veinticinco años en una cantidad igual a la que ella (la tierra) produce actualmente».

«Los efectos obligados de estos diferentes tipos de aumento, al combinarse -- prosigue diciendo ingenuamente Malthus --, serán muy sorprendentes». Y en el capítulo 1 los combina así: «Cifremos en once millones la población de esta isla; y supongamos que la actual producción satisface el adecuado sustento de este número. Dentro de los primeros veinticinco años, la población sería de veintidos millones y habiéndose también duplicado los alimentos, los medios de subsistencia corresponderán a aquel aumento. Pasados otros veinticinco años, la población sería de cuarenta y cuatro millones y los medios de subsistencia sólo llegarían al sustento de treinta y tres millones. En el período siguiente la población alcanzaría ochenta y ocho millones y los medios de subsistencia podrían sustentar sólo la mitad de esta cifra. Y al final del primer siglo, la población sería de ciento setenta y seis millones y las subsistencias las de cincuenta y cinco; dejando una población de ciento veintiún millones completamente desprovista. Tomando, en vez de esta isla, toda la tierra, la emigración quedaría, naturalmente, excluida; y suponiendo que la actual población es de mil millones, la especie humana aumentaría según la serie 1, 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, 256....: y la subsistencia según la serie 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9... En dos siglos, la población sería, respecto a los medios de subsistencia, como 256 es a 9; en tres siglos, como 4096 es a 13 y en dos mil años la desproporción sería casi incalculable.»

El propósito de Malthus fue justificar
la desigualdad existente, haciendo responsables
de ella las leyes del Creador en vez de las
instituciones humanas.
Naturalmente, el hecho material de que no puede existir más gente que la que puede hallar sustento impide este resultado, y por esto, la conclusión de Malthus es que esta tendencia de la población a crecer indefinidamente se ha de refrenar o bien por la restricción moral del poder reproductivo o bien por las diversas causas que aumentan la mortalidad y que él resume en el vicio y la miseria. A las causas que impiden la procreación las llama freno preventivo; a las que aumentan la mortalidad, freno positivo.

No vale la pena de insistir en la falsedad que implica el afirmar los aumentos en progresión geométrica y aritmética. Pues esta afirmación no es necesaria para la doctrina malthusiana, cuya esencia consiste en que la población tiende a aumentar más aprisa que la capacidad de abastecimiento alimenticio. Así, pues, la doctrina puede presentarse en su forma más fuerte y menos discutible, a saber: que, tendiendo la población a aumentar constantemente, si no se restringe, ha de ejercer al fin una presión contra el límite de las subsistencias, no como contra una barrera fija, sino como contra una barrera elástica y que esto hace progresivamente cada día más difícil la adquisición del sustento. Asì, pues, donde quiera que la reproducción ha tenido tiempo de asegurar su poder y no la frena la prudencia, ha de haber el grado de penuria que mantenga la población dentro de los límites de las subsistencias.

Inferencias de los Hechos

Respaldada, al parecer, por una indiscutible verdad aritmética (que una, población que aumenta sin parar, algún día ha de sobrepasar la capacidad mundial de suministrar comida o incluso espacio ocupable), la teoría malthusiana es apoyada por analogías en los reinos animal y vegetal, en los cuales se despilfarra vida en el choque contra las barreras que refrenan sus diversas especies. Aparentemente, la comprueban muchos hechos evidentes, tales como la miseria, el vicio y el infortunio que prevalecen en medio de las poblaciones densas, el efecto general del progreso material, que aumenta la población sin aliviar el pauperismo, el rápido crecimiento demográfico en los paises recién colonizados y el evidente retardo de dicho crecimiento en los densamente poblados, debido a la mortalidad en las clases condenadas a la escasez.

La teoría malthusiana aporta un principio general que tiene en cuenta aquellos hechos y otros semejantes y los explica de acuerdo con la doctrina de que los salarios proceden del capital y con todos los principios que de ésta se derivan. Según esta teoría, los salarios bajan cuando el aumento del número de trabajadores exige una mayor repartición del capital. Según la teoría malthusiana, la pobreza aparece cuando el aumento de la población exige una mayor repartición de las subsistencias. Basta identificar el capital con las subsistencias y el número de trabajadores con la población, para hacer ambas teorías tan idénticas en la forma como lo son en el fondo.

Ricardo aportó a esta teoría un apoyo adicional al llamar la atención sobre el hecho de que la renta de la tierra aumentaría a medida que las nacesidades de una población creciente obligasen a cultivar tierras cada vez menos productivas o puntos cada vez menos productivos de las mismas tierras, explicando así el aumento de la renta. De esta manera se vino a formar como una triple unión por la cual la teoría malthusiana se afianza por ambos lados. En este conjunto, la previa doctrina del salario y la ulterior doctrina de la renta aparecen como ejemplos especiales de la acción del principio que lleva el nombre de Malthus, puesto que la baja de los salarios y la subida de la renta, resultantes del aumento de población, no son sino muestras de la presión de la población sobre las subsistencias.

Como la teoría de los salarios en que se apoya y que a su vez apoya, la teoría malthusiana armoniza con ideas que, por lo menos en los paises viejos, suelen prevalecer entre la clase obrera. Para el artesano o el operario, la causa de los salarios bajos y de la falta de empleo es, sin duda, la competencia debida a la presión del número; y, en las angostas moradas de la pobreza, ¿qué parece más claro que el haber demasiada gente?

La Teoría Malthusiana Exculpa al Rico

Pero la gran causa del triunfo de esta teoría es que, en vez de amenazar derechos adquiridos u oponerse a intereses poderosos, es altamente tranquilizadora y confortante para las clases que, ejerciendo el poder de la riqueza, dominan extensamente las ideas. En una época en que los puntales del pasado se derrumbaban, vino en socorro de los privilegios particulares por los cuales unos pocos monopolizan tan gran parte de los bienes de este mundo; proclamaba una causa natural de la escasez y los sufrimientos que, si se atribuyen a instituciones políticas, deben desaprobar todo gobierno bajo el cual existen.

El «Ensayo sobre la población» fue abiertamente una réplica a la Investigación sobre la justicia política, de William Godwin*, obra que afirmaba el principio de la igualdad humana; y el propósito de Malthus fue justificar la desigualdad existente, haciendo responsables de ella las leyes del Creador en vez de las instituciones humanas. Nada nuevo hubo en esto, ya que, unos cuarenta años antes, Wallace* había alegado el peligro de una excesiva procreación, como respuesta a las exigencias de la justicia en favor de una distribución equitativa de la riqueza. Pero las circunstancias de la época eran a propósito para hacer la misma idea, al aducirla Malthus, singularmente agradable a una clase poderosa que frente a todo examen de la situación reinante, sentía el gran temor provocado por el estallido de la Revolución Francesa.

Alega que la Pobreza es Inevitable

Ahora, igual que entonces, la teoría malthusiana esquiva la petición de reformas y frente a dudas o escrúpulos, ampara el egoísmo al interponer la idea de una fatalidad inevitable. Pues, según esta teoría, la pobreza, la escasez y el hambre no son imputables a la codicia personal o a desarreglos sociales; son los inevitables resultados de leyes universales, y luchar contra éstas sería, si no impío, tan inútil como luchar contra la ley de la gravedad. Y de este modo las reformas que afectarían a los intereses de cualquier clase poderosa se desalientan por inútiles. Puesto que la ley moral prohíbe anticipar los métodos por los cuales la ley natural se libra del exceso de población y reprime así una tendencia capaz de atestar de hombres el mundo, como sardinas en barril, nada puede realmente hacer el esfuerzo individual o colectivo para extirpar la pobreza, salvo confiar en la eficacia de la educación y exhortar a la prudencia.

En una u otra forma, la teoría malthusiana ha hallado entre los intelectuales un apoyo casi universal y en la mejor literatura, así como en la más corriente, se la ve asomar en todas direcciones. La apoyan economistas y estadistas, historiadores y naturalistas, congresos de sociología y sindicatos obreros, eclesiásticos y materialistas, conservadores de la más severa doctrina y los radicales más radicales. La aceptan y hasta la defienden habitualmente muchos que nunca oyeron hablar de Malthus y que no tienen la menor idea de lo que es su teoría.

Hechos Contrarios a la Teoría de Malthus

La mayor parte del Ensayo sobre la población se ocupa en lo que en realidad es una refutación de la teoría expuesta en el libro, porque al revisar Malthus lo que llama freno positivo de la población, demuestra simplemente que los resultados que atribuye a la superpoblación, derivan en realidad de otras causas. De todos los casos citados en que el vicio y la miseria frenan el aumento, limitando los matrimonios o acortando la vida humana (y casi todo el globo se omitió en el examen), no hay ni un solo caso en que el vicio y la miseria se puedan explicar por un efectivo aumento del número de bocas respecto al poder de las correspondientes manos para alimentarlas; pero en todos los casos el vicio y la miseria se muestran procedentes, ya de la ignorancia y capacidad antisociales, ya del mal gobierno, leyes injustas o guerras destructoras.

Ni lo que Malthus dejó de mostrar, lo ha mostrado nadie después. Se puede inspeccionar el mundo y revisar la historia en vano, buscando algún ejemplo de un país importante en el cual la pobreza y la necesidad puedan ser atribuidas con justicia a la presión de una población creciente. Cualesquiera que sean los posibles peligros del poder procreador, todavía no han aparecido en ninguna parte. Cualquiera que sea algún día, aún no ha sido nunca éste el mal que ha afligido a la humanidad. ¡La población tendiendo a sobrepasar el limite de la subsistencia! ¿Cómo es, pues, que nuestro globo, después de tantos millones de años de haber hombres en él, está aún tan poco poblado? ¿Cómo es, pues, que tantas de las colmenas de la vida humana están hoy desiertas, que la maleza cubre campos antaño cultivados y las fieras lamen sus cachorros donde un día hubo concurridos albergues humanos?

En cuanto al Africa, no hay duda. El Africa del Norte apenas contiene una parte de la población que tenía en la antigüedad; el valle del Nilo tuvo un día una población enormemente mayor que la actual, mientras que al sur del Sahara nada prueba un aumento en tiempos históricos y el tráfico de esclavos ciertamente ha causado una extensa despoblación.

El malthusianismo predica una ley universal: que la tendencia de la población es sobrepasar las subsistencias. Donde quiera que la población ha alcanzado cierta densidad, esta ley, si existiese, debería resultar tan evidente como cualquier otra de las grandes leyes naturales que en todas partes han sido reconocidas. ¿Cómo es, pues, que ni en las creencias y códigos clásicos, ni en los de los hebreos, los egipcios, los indúes, los chinos, ni de ninguno de los pueblos que han vivido en densa asociación y han elaborado credos y códigos, encontramos ningún precepto para la práctica de las prudentes restricciones de Malthus? Por el contrario, la sabiduría de los siglos, las religiones del mundo, siempre han inculcado deberes cívicos y religiosos que son todo lo contrario.

Pero prosigamos hacia un estudio más detallado. Afirmo que los casos comúnmente citados como ejemplos de superpoblación no resisten un examen.

La Pobreza en la India

En la India, desde tiempo inmemoral, las exacciones y opresiones han llevado las clases trabajadoras a una situación de impotente y desesperada degradación. Por siglos y siglos, el cultivador del suelo se ha considerado feliz si la extorsión por la fuerza le ha dejado de su producto lo suficiente para sostener la vida y proveerse de semilla. El capital no podía acumularse con seguridad en ninguna parte ni usarse en cantidad de alguna importancia para ayudar a la producción. Toda la riqueza que se podía exprimir del pueblo estaba en poder de príncipes (o de sus administradores favoritos), Poco mejores que capitanes de bandidos aposentados en el país, y era derrochado en un lujo inútil o peor que inútil, mientras la religión, sumergida en una superstición complicada y terrible, tiranizaba la inteligencia como la fuerza física los cuerpos de los hombres. En estas condiciones, las únicas artes que podían progresar eran las que servían a la ostentación y el lujo de los grandes. Los elefantes del rajá* resplandecían de oro primorosamente labrado y los parasoles blancos que simbolizaban su regio poder brillaban de piedras preciosas; pero el arado para el centeno no era más que un palo aguzado. Las damas del harem del rajá se envolvían en muselinas tan finas que tenían por nombre «viento tejido», pero las herramientas del artesano eran de lo más pobre y rudo y el comercio casi no podía hacerse sino clandestinamente.

Hambres Debidas a Corrupción Gubernamental

El Rdo. William Tennant*, capellán al servicio de la Compañía de las Indias Orientales*, escribiendo en 1796, dos años antes de la publicación del Ensayo sobre la población, dice en su Indian Recreations, tomo 1, sección treinta y nueve: «Al pensar en la gran fertilidad del Hindustán, pasma considerar la frecuencia del hambre. Evidentemente no es debida a la esterilidad del suelo ni al clima; el origen del mal ha de buscarse en alguna causa política y no hace falta gran penetración para descubrirla en la avaricia y la extorsión de los diversos gobiernos. El gran acicate de la producción, la seguridad, no existe. Por esto nadie cultiva más grano que el estrictamente preciso para sí, y la primera temporada desfavorable origina el hambre.

«El gobierno del Mogol* en ningún período ha ofrecido completa seguridad al príncipe, menos aún a sus vasallos; y ni la más exigua protección a los campesinos. Era un tejido continuo de violencias e insurrección, perfidia y castigos, en el cual ni el comercio ni las artes podían prosperar, ni la agricultura tomar una apariencia en método. Su caída dio lugar a una situación aún más aflictiva, ya que la anarquía es peor que el desgobierno. Las naciones europeas no tuvieron el mérito de derribar el gobierno mahometano, aun siendo éste tan vil. Cayó bajo el peso de su propia corrupción y ya lo habían sustituido las múltiples tiranías de jefezuelos, cuyo derecho a gobernar consistía en su traición al Estado y cuyas exacciones sobre los aldeanos eran tan ilimitadas como su avaricia. Las rentas del gobierno eran y, donde los nativos gobiernan, son todavía recaudadas dos veces al año por bandidos despiadados, bajo la apariencia de un ejército que destruye sin freno o se lleva cualquier parte del producto que satisfaga su capricho o sacie su codicia, después de haber perseguido a los desdichados campesinos desde las aldeas hasta los bosques. Todo intento de los labradores para defender sus personas o su propiedad dentro de los muros de tapia le sus aldeas sólo atrae la más señalada venganza sobre estos útiles, pero desventurados mortales. Se les cerca y ataca con mosquetería y cañones de campaña, hasta que la resistencia cesa, venden a los supervivientes y queman y arrasan sus casas. Por esto a menudo encontráis a los aldeanos, si el miedo les deja volver, recogiendo los esparcidos restos de lo que ayer era su vivienda; pero más a menudo se ven humear las ruinas, después de una segunda visita de esta clase, sin la presencia de un ser humano que turbe el espantoso silencio de la desolación. Esta descripción no solamente se refiere a los jefes mahometanos; es igualmente aplicable a los rajaes en los distritos gobernados por hindúes.»

Primer Régimen Inglés en la India

A esta cruel rapiña que engendraría miseria y hambre aunque la población fuese tan sólo de un habitante por milla cuadrada y el país un Paraíso Terrenal, sucedió, en la primera época del gobierno inglés, una rapiña igualmente cruel, protegida por un poder mucho más irresistible. En su ensayo sobre Lord Clive*, dice Macaulay*: «Enormes fortunas se acumularon rápidamente en Calcuta, mientras treinta millones de seres humanos eran reducidos a la extrema miseria. Estaban acostumbrados a vivir bajo la tiranía, pero nunca bajo una tiranía como ésta. Encontraron el dedo meñique de la Compañía más pesado que las ijadas de Surajah Dowlah* ... Parecía el gobierno de maléficos genios más que el de hombres tiránicos ... A veces se sometían con paciente sufrimiento. A veces huían del hombre blanco, como sus padres solían huir del mahratta*; y a menudo el palanquín del viajero inglés atravesaba silenciosas aldeas y lugares, que, a la noticia de su proximidad, quedaban despoblados.»

Sobre los horrores que, de esta manera, Macaulay solamente esboza, la brillante elocuencia de Burke* arroja una luz más viva: distritos enteros entregados a la avidez desenfrenada de lo peor de la humanidad; míseros labriegos perversamente torturados para arrancarles sus exiguos ahorros, y regiones otrora populosas convertidas en desiertos.

Persistencia del Hambre

Pero habiéndose puesto coto al desenfrenado libertinaje del primitivo régimen inglés, la mano fuerte de Inglaterra dio a toda aquella vasta población una paz más que romana. Se aplicaron los principios de la ley inglesa con un complicado sistema de códigos y funcionarios encargados de asegurar al más humilde de aquellas gente los derechos de los libres ciudadanos anglosajones. Los ferrocarriles cruzaron toda la península y se construyeron grandes obras de riego. Sin embargo, cada vez más a menudo, hambre tras hambre se ensañaban con mayor intensidad en territorios más vastos.

¿No es esto una demostración de la teoria malthusiana? ¿No demuestra que, por mucho que aumenten las posibilidades de subsistencia, la población continúa presionando sobre ella? ¿No demuestra, como defendía Malthus, que cerrar los rebosaderos de un exceso de población, no es sino obligar a la naturaleza a abrir otros nuevos y que, de no frenar las fuerzas procreadoras con una regulación prudencial, la alternativa de la guerra es el hambre? Esta ha sido la explicación ortodoxa. Pero la verdad es que estas hambres no son más debidas a la presión de la población sobre los limites naturales de la subsistencia, que lo fue la desolación del Carnatic* cuando en él los jinetes de Hyder Ali* irrumpieron en torbellino destructor.

Sólo el más superficial de los criterios puede atribuir la escasez y el hambre a la presión de la población sobre la capacidad del país para producir subsistencias. Si los cultivadores pudiesen conservar su pequeño capital, renacería la actividad, adoptando formas más productivas y sin duda bastaría para mantener una población mucho mayor. Hay todavía en la India vastas superficies incultas, grandes recursos minerales intactos y lo cierto es que la población de la India no alcanza, ni en tiempos históricos ha alcanzado el limite real del suelo para proporcionar sustento, ni siquiera el punto en que este poder empieza a declinar con las crecientes extracciones efectuadas en aquél. La verdadera causa de la miseria en la India ha sido y es todavía la rapacidad del hombre, no la mezquindad de la naturaleza.

La Verdad Sobre Irlanda

Entre todas las naciones europeas, Irlanda proporciona el gran ejemplo usual de superpoblación. Constantemente se recurre a la pobreza de sus campesinos, al hambre, a la emigración irlandesas, como demostración de la teoría malthusiana, que tiene lugar a la vista del mundo civilizado. Dudo que se pueda mencionar un ejemplo más notable del poder de un prejuicio para cegar al hombre respecto a las verdaderas relaciones de los hechos. La verdad es y está a la vista, que Irlanda nunca ha tenido una población que la natural capacidad del país y el estado de las artes productivas no pudiesen mantener en situación desahogada. En el período de su mayor población (1840-45), Irlanda tenia algo más de ocho millones de habitantes.

Pero gran parte de ellos se limitaban a subsistir, viviendo en mezquinas cabañas, vistiendo míseros andrajos, y sin otra cosa que patatas como alimento principal. Cuando vino la peste de las patatas, murieron Irlandeses a millares. Pero, ¿era la incapacidad del suelo para sustentar tanta gente, lo que a tantos obligaba a vivir de un modo tan miserable y les exponía a morirse de hambre por perderse una sola cosecha del tubérculo? Por el contrario, era la misma despiadada rapacidad que robaba al aldeano indio el fruto de su trabajo y le dejaba morir de hambre donde la naturaleza ofrecía la abundancia. No iba por el país una partida cruel de recaudadores de impuestos saqueando y torturando, pero el trabajador era, de hecho, igualmente despojado por una horda, igualmente despiadada, de propietarios, entre los cuales se habla repartido el suelo como propiedad absoluta, sin consideración a ningún derecho de los que vivían sobre él.

No Superpoblación, Sino Extorsión

Considerad las condiciones de la producción en que estos ocho millones se afanaban a vivir hasta que vino la peste de la patata. Arrendatarios con contrato revocable hacían la mayor parte del cultivo y aun si las rentas usurarias les hubiesen dejado medios, no se hubieran atrevido a hacer mejoras que no hubieran sido más que el aviso para aumentarles el arrendamiento. De esta manera el trabajo se hacía del modo más ineficaz y malgastador, y trabajo que, con alguna seguridad de sus frutos, se habría hecho sin desmayar, se disipaba en una estéril ociosidad. Pero, aun en estas condiciones, Irlanda hizo más que sustentar ocho millones. Pues, cuando su población era la más alta, Irlanda era un país exportador de alimentos. Incluso durante el hambre se acarreaba grano, carne y mantequilla para la exportación por caminos plagados de famélicos y junto a zanjas en que se apilaban los muertos. Por estas exportaciones de comida o, por lo menos, por gran parte de ellas, no había restitución. Por lo que respecta al pueblo de Irlanda, el alimento asi exportado, igualmente hubiera podido ser quemado, echado al mar o nunca producido. No iba como un cambio, sino como un tributo, para pagar la renta a los propietarios absentistas; un tributo arrancado a los productores por quienes de ningún modo contribuían a la producción.

Si estos alimentos se hubiesen dejado a quienes los habían producido, si se hubiese permitido a los cultivadores del suelo retener y usar la riqueza que su trabajo producía, si la confianza hubiese estimulado la laboriosidad y permitido la adopción de métodos economizadores, habría habido bastante para mantener en abundante bienestar la mayor población que Irlanda haya tenido. La peste de las patatas habría aparecido y desaparecido sin escatimar la comida a ningún ser humano. Pues no era, como decían fríamente los economistas ingleses, «la imprudencia de los labradores irlandeses» lo que les indujo a usar las patatas como alimento principal. Los emigrantes irlandeses, si pueden adquirir otras cosas, no viven de patatas, y eso que en los Estados Unidos es notable la prudencia con que el carácter irlandés se empeña en reservar algo para un apuro. Vivían de patatas, porque los arrendamientos esquilmadores les despojaban de todo lo demás.

Aunque Irlanda hubiese sido por naturaleza un bosque de bananeros y árboles del pan, hubiesen cubierto sus costas los depósitos de guano de las islas Chinchas*, y el sol de latitudes más bajas hubiese caldeado su húmedo suelo, las condiciones sociales reinantes en ella habrían engendrado también la miseria y el hambre. ¿Cómo podía dejar de haber pauperismo y hambre en un país en el cual las rentas abusivas arrancaban al cultivador del suelo todo el producto de su trabajo, excepto lo justo para sostener su vida en las buenas temporadas; donde el arriendo* revocable impedia las mejoras y quitaba estimulo para todo lo que no fuese el más oneroso y miserable cultivo; donde el arrendatario no osaba acumular capital, si podía lograrlo, por miedo a que el propietario se lo exigiese en la renta; donde de hecho era un esclavo abyecto que, por un gesto de un ser humano como él mismo, a cada momento podía ser expulsado de su mísera choza de barro, un vagabundo famélico, sin casa ni hogar, privado hasta de coger los frutos espontáneos de la tierra o de pillar con trampa una liebre para aplacar su hambre.

Por escasa que sea su población, cualesquiera que sus recursos naturales sean, ¿no serían el pauperismo y el hambre las consecuencias forzosas en cualquier país en que los productores de riqueza se viesen obligados a trabajar en condiciones que les quiten la esperanza, el respeto propio, la energía y el ahorro; donde propetarios ausentes se llevasen, sin compensarlo, por lo menos una cuarta parte del producto neto del suelo; y donde, además, una labor de famélicos tuviese que sustentar los propietarios residentes, con sus caballos y jaurías, agentes, agiotistas, subarrendadores y mayordomos y un ejército de policías y soldados para intimidar y perseguir cualquier oposición al inicuo sistema?

Si del examen de los hechos aducidos corno ejemplo de la teoría malthusiana, pasamos a considerar Ias analogías en que se apoya, veremos que éstas tampoco prueban nada.

Falsas Analogías

Para demostrar que la especie humana también tiende a llegar hasta el limite de las subsistencias, se aduce constantemente la intensidad del poder procreador en los reinos animal y vegetal, considerando que una sola pareja de salmones, protegida por sus enemigos naturales durante unos pocos años, podría efectivamente llenar el océano; que en estas mismas circunstancias, una pareja de conejos pronto invadiría un continente; que muchas plantas esparcen centenares de semillas y muchos insectos ponen millares de huevos; y que en todas partes cada especie tiende constantemente a presionar contra los límites de sus subsistencias y evidentemente los alcanza cuando el número de sus enemigos no la reduce. Según esto, cuando no se restringe por otros medios la población, el natural aumento de ésta ha de originar forzosamente los salarios tan bajos y tanta miseria o (si esto no bastara y el aumento aún continuase) tanta hambre, que la población se retenga dentro de los límites de las subsistencias.

Pero, esta analogía ¿es válida? De los reinos animal y vegetal es de donde se saca el alimento del hombre y por lo tanto el que la fuerza procreadora en estos reinos sea mayor que en el hombre, demuestra sencillamente el poder de las subsistencias para aumentar más aprisa que la población. El hecho de que todas las cosas que suministran comida al hombre se puedan multiplicar tantas veces, algunas de aquéllas mil veces, otras varios millones y aun miles de millones, mientras que la especie humana sólo se duplica, ¿no demuestra que, aun dejando que ésta aumente con toda su fuerza reproductiva, el aumento de población nunca sobrepasará las subsistencias?

De todos los seres vivos, el hombre es el único que pone en juego fuerzas procreadoras, más poderosas que la suya propia, que le procuren alimentos. El bruto, el insecto, el ave, el pez sólo toman lo que encuentran. Aumentan a expensas de su alimento. Cuando han alcanzado el limite de su comida, ésta ha de aumentar para que ellos puedan aumentar,

El Hombre Produce su Comida

A diferencia de los demás seres vivos, el aumento de hombres origina un aumento de sus alimentos. Si, en vez de hombres, hubiesen venido osos de Europa al continente norteamericano, hoy no habría más osos que en tiempo de Colón; quizá menos, porque la inmigración de osos no habría aumentado los alimentos osunos ni mejorado las condiciones de la vida osuna, sino probablemente todo lo contrario. Sin embargo, dentro de las fronteras de los Estados Unidos tan sólo, hay ahora millones de hombres donde hablan entonces unos pocos cientos de miles y ahora dentro de este territorio hay mucha más comida por habitante para estos millones, que entonces para aquellas pocas centenas de millares. No es que el aumento de víveres haya causado este aumento de población; es el aumento de hombres lo que ha originado el aumento de víveres. Sencillamente, hay más comida porque hay más gente.

Entre el animal y el hombre hay esta diferencia: tanto el gavilán como el hombre comen pollo, pero cuantos más gavilanes hay, menos pollos, mientras que cuantos más hombres, más pollos. Lo mismo la foca que el hombre comen salmones, pero cuando una foca coge un salmón, hay uno menos y si las focas aumentasen en número, al pasar de cierto límite, los salmones disminuirían, mientras que, poniendo el desove del salmón en condiciones favorables, el hombre puede aumentar el número de estos peces en mucho más de los que pueda coger. Por esto, por mucho que el número de hombres aumente, nunca excederá el suministro de salmones. En resumen, mientras el limite de las subsistencias de cualquier especie animal o vegetal no depende de los seres alimentados, el limite de las subsistencias del hombre, es, dentro de los limites extremos de la tierra, el aire, el agua y el sol, dependiente del hombre mismo. Y, siendo así, la pretendida analogía entre el hombre y las formas inferiores de la vida falla ostensiblemente.

El peligro de que la raza humana rebase la posibilidad de caber en el mundo es tan remoto que no tiene para nosotros más interés que el retorno del período glacial o la extinción final del sol. Pero, por remota y oscura que sea, es esta posibilidad la que da a la teoría malthusiana su aspecto de lógica evidencia. Pero, hasta esta sombra desaparece el examinarla. También ella dimana de una falsa analogía. Que la vida animal y vegetal tienda a llegar al límite de cabida, no demuestra la misma tendencia en la vida del hombre.

Otras Diferencias Entre el Hombre y los Animales

Admitamos que el hombre no es más que un animal más avanzado, que el mono de cola prensil es un familiar lejano que gradualmente ha desarrollado aficiones acrobáticas y la ballena un pariente muy lejano que en los albores de la vida se hizo a la mar; admitamos que, después de éstos, el hombre está emparentado con los vegetales y todavía sujeto a las mismas leyes que las plantas, los peces, las aves y las otras bestias. Sin embargo, hay todavía entre el hombre y todos los demás animales esta diferencia: él es el único animal cuyos deseos aumentan a medida que se le complacen; el único animal que nunca está satisfecho. Las necesidades de todos los demás seres vivos son uniformes y fijas. El buey no aspira hoy a más que cuando el hombre lo unció al yugo por vez primera. La gaviota del Canal de la Mancha, que se cierne sobre el rápido vapor, no necesita mejor alimentación o morada que las gaviotas que revoloteaban cuando las quillas de las galeras de César* tocaron fondo por primera vez en una playa británica. De lo que la naturaleza les ofrece, por abundante que sea, todos los seres vivos, excepto el hombre, toman y buscan solamente lo que basta para proveer necesidades definidas y fijas. El único uso que pueden hacer de suministros u oportunidades adicionales es multiplicarse.

Pero el hombre no hace esto. Tan pronto como sus necesidades de índole animal quedan satisfechas, siente otras necesidades. Primeramente desea comida, como la bestia; después albergue, como la bestia; y logrados éstos, sus instintos reproductivos se imponen, como se imponen los de la bestia. Pero aquí el hombre y la bestia se separan. La bestia nunca pasa de aquí; el hombre no ha hecho más que poner el pie en el primer peldaño de una progresión infinita, una progresión en que la bestia nunca entra; una progresión más allá y por encima de la bestia. Dadles más comida, dadles plenitud de condiciones de vida y el vegetal o el animal no harán sino multiplicarse; el hombre se desenvolverá. En uno la fuerza expansiva sólo puede ampliar la existencia en nuevos seres; en el otro, tenderá irresistiblemente a dilatar la existencia en más altas formas y más vastos poderes.

Error Lógico de Malthus

Como quiera que se mire, el razonamiento que apoya esa teoría de la tendencia constante de la población a alcanzar el límite de las subsistencias, muestra una afirmación gratuita, un medio indistribuido, corno dirían los lógicos. Es tan infundado, si no tan grotesco, como la idea que podemos imaginar de Adán*, si, aficionado a la aritmética, hubiese calculado el crecimiento de su primer hijo, fundándose en el de sus primeros meses. Del hecho de que pesara diez libras al nacer y veinte libras ocho meses despues, podía, con los conocimientos matemáticos que ciertos sabios le han atribuido, haber calculado un resultado tan asombroso como el de Mr. Malthus, a saber; que a los diez años de edad el niño pesaría como un buey, a los once como un elefante y a los treinta no menos de 175.716.339.548 toneladas. De hecho, no hay más motivo para afligirnos por la presión de la población sobre las subsistencias que el que Adán tenía para preocuparse por el rápido crecimiento de su bebé.

Fuerzas que Influyen en la Natalidad

En las nuevas colonias, donde la lucha con la naturaleza da pocas facilidades para la vida intelectual y entre las clases pobres de los países viejos que, en medio de la riqueza, carecen de todas sus ventajas y se ven reducidas a una mera existencia animal, la proporción de nacimientos es notoriamente mayor que entre las clases a las que el aumento de la riqueza ha traído independencia, ocios, comodidad y una vida más plena y variada.

Si la verdadera ley de la población se expone de este modo, como yo creo que se debe, la tendencia a aumentar, en vez de ser siempre uniforme, es fuerte donde la perpetuación de la especie está amenazada por la mortalidad producida por condiciones adversas; pero se debilita así que es posible un desarrollo individual más elevado y queda asegurada la perpetuación de la especie. Cualquier peligro de que vengan seres humanos a un mundo en que no puedan ser atendidos, no procede de los decretos de la naturaleza, sino de los desarreglos sociales que, en medio de la riqueza, condenan a los hombres a la miseria.

La Aducida Mezquindad de la Naturaleza

Es evidente que la cuestión de si el aumento de población tiende forzosamente a reducir los salarios y a causar miseria, es simplemente la cuestión de si tiende a reducir la cantidad de riqueza que una determinada cantidad de trabajo puede producir. La teoría es que cuanto más se exige de la naturaleza, tanto menos generosamente responde ella, de manera que duplicar la aplicación de trabajo no duplicará el producto; y por lo tanto el aumento de población ha de tender a reducir los salarios y ahondar la pobreza o, con la frase de Malthus, ha de dar por resultado el vicio y la miseria. En el lenguaje de John Stuart Mill: «En un mismo grado de civilización, un mayor número de gente no puede ser colectivamente tan bien abastecido corno un número menor. La mezquindad de la naturaleza, no la injusticia de la sociedad, es la causa del castigo inherente a la superpoblación. Una injusta distribución de la riqueza ni siquiera agrava el mal sino que, a lo sumo, lo hace sentir algo más pronto. Es inútil decir que todas las bocas, a las que el aumento de la humanidad da la existencia, traen consigo las manos. Las nuevas bocas requieren igual comida que las antiguas y las manos no producen tanto. Si todos los instrumentos de producción fuesen propiedad colectiva de toda la gente y el producto se repartiese con perfecta igualdad entre ella y si en una sociedad así constituida, la actividad fuese tan enérgica y el producto tan abundante como lo son ahora, habría bastante para que toda la población presente viviese en extremado bienestar; pero cuando dicha población se hubiese duplicado, como, sin duda, con las actuales costumbres y con tal estímulo, haría en poco menos de veinte años, ¿cuál sería entonces su situación? A no ser que al mismo tiempo las artes productivas progresaran en un grado nunca visto, las tierras inferiores a las que se tendría que recurrir y el cultivo más trabajoso y poco remunerativo que se tendría que aplicar a las tierras superiores para procurar sustento a una población tan aumentada, irremisiblemente haría a todo individuo de la colectividad más pobre que antes. Si la población continuase aumentando en la misma proporción, Pronto llegaría un tiempo en que nadie tendría más de lo necesario, poco después el momento en que nadie tendría suficiente, y el ulterior aumento de la población sería atajado por la muerte.» (Princípios de Economía Política, libro 1, capitulo 13, sección 2.)

Niego todo esto. Afirmo que es cierto todo lo contrario de estas aserciones. Sostengo que en cualquier determinado estado de civilización, un mayor número de gente puede ser en conjunto mejor abastecido que un número menor. Sostengo que la injusticia de la sociedad, no la avaricia de la naturaleza, es la causa de la escasez y la miseria que la teoría en boga atribuye a la superpoblación. Afirmo que las nuevas bocas debidas al aumento de población no requieren más comida que las antiguas, y, en cambio, los brazos que traen consigo pueden, en el orden natural de las cosas, producir más. Sostengo que, en igualdad de las demás circunstancias, cuanto mayor sea la población, mayor será el bienestar que una equitativa distribución de la riqueza daría a cada individuo. Afirmo que en un estado de igualdad, el natural aumento de población tendería siempre a hacer a cada individuo más rico y no más pobre.

La cuestión de hecho en que este enunciado se resuelve, no estriba en qué grado de población se produce más alimento, sino en qué grado de población se manifiesta mayor poder de producir riqueza. Pues la capacidad productora en cualquier forma de riqueza es la capacidad productora de alimentos y el consumo de cualquier forma de riqueza o de poder productor de riqueza es equivalente al consumo de subsistencias.

Donde el Poder Productor es Mayor

No hacen falta razonamientos abstractos. Es una simple cuestión de hecho. El poder relativo de producir riqueza, ¿disminuye con el aumento de población?

Los hechos son tan patentes que basta llamar la atención sobre ellos. En tiempos modernos hemos visto aumentar la población en muchas colectividades. ¿No ha crecido al mismo tiempo su riqueza aún más aprisa? Hemos visto muchas colectividades que aún aumentan en población. ¿No crece también su riqueza todavía más aprisa? ¿Dónde encontraréis riqueza más pródigamente destinada a fines improductivos, en costosos edificios, buenos muebles, lujosos equipos, estatuas, cuadros, jardines y yates de recreo? ¿Dónde hallaréis en mayor proporción a quienes la producción general alcanza a mantener sin trabajo productivo por su parte? ¿No es más bien donde la población es más densa que donde está más esparcida? ¿De dónde rebosa el capital en busca de colocación remuneradora? ¿No es desde los países densamente poblados hacia los que lo son menos?

Estas cosas se ven claras donde quiera que dirijamos la vista. En un mismo nivel de civilización, un mismo estado de las artes productivas, gobierno, etc., los países más poblados son siempre los más ricos.

Los paises más ricos no son aquellos en que la naturaleza es más prolífica, sino aquellos en que el trabajo es más eficaz; no Méjico, sino Massachusetts*; no el Brasil, sino Inglaterra. Los paises cuya población es más densa y ejerce mayor presión sobre la capacidad de la naturaleza, son, en igualdad de las demás circunstancias, los paises en los cuales una mayor proporción del producto puede emplearse en lujo y en sustentar a quienes no producen, son los paises de donde el capital rebosa, los países que, en caso de exigírselo, por ejemplo, una guerra, pueden resistir un mayor consumo de riqueza.

Tanto si comparamos diversas colectividades entre sí, como si examinamos una de ellas en épocas diferentes, es evidente que la que es progresiva, que se distingue por su aumento de población, se distingue también por un aumento del consumo y un aumento del acúmulo de riqueza, no solamente en conjunto, sino también por cabeza. Y por lo tanto, el aumento de la población, por grande que haya sido, no significa una reducción, sino un aumento del promedio de producción de riqueza.

Mirad sencillamente los hechos. ¿Puede haber algo más cláro que el no ser la debilidad de las fuerzas productivas la causa de la pobreza que se encona en los centros de civilización? En los países en que la pobreza es más profunda, las fuerzas de la producción, si se emplean por completo, son bastante poderosas para proporcionar al más humilde, no solamente bienestar, sino hasta lujo. La miseria aparece donde son mayores el poder productivo y la producción de riqueza. Este es el gran hecho, el enigma que tiene perplejo al mundo civilizado. Es esto lo que tratamos de desembrollar. Evidentemente, la teoría malthusiana, que atribuye la miseria a la disminución del poder productivo, no lo explica.

(1) Thomas Robert Malthus, M. A. (1766): «Ensayo sobre el principio de la población, o examen de sus efectos pasados y presentes sobre la felicidad humana con una investigación de nuestras perspectivas respecto a la futura supresión o alivio de los males que ocasiona.» (1796).


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