CAPITULO 25

COMO PUEDE DECAER LA CIVILIZACION MODERNA

Según la ley que hemos averiguado, las condiciones del progreso son la asociación y la equidad. Desde la época en que, por vez primera, podemos discernir los destellos de la civilización en medio de las tinieblas que siguieron a la caída del Imperio de Occidente*, el desarrollo moderno se ha encaminado hacia la igualdad política y legal; a la abolición de la esclavitud; a la derogación de la servidumbre personal; a la supresión de privilegios hereditarios; a la substitución del gobierno arbitrario por el parlamentario; a la libertad de criterio en cuestiones religiosas; a la más igual seguridad personal y de propiedad de los de clase alta y baja, débiles y fuertes; a la mayor libertad de movimiento y ocupación; de palabra y de imprenta. La historia de la moderna civilización es la historia de los avances en este sentido, de las luchas y triunfos de la libertad personal, política y religiosa. Y la ley general se manifiesta en que, a medida que esta tendencia se ha afirmado, la civilización ha avanzado, mientras que, al reprimir o retrogradar dicha tendencia, la civilización se ha paralizado.

Donde hay algo así como una equitativa distribución de la riqueza, cuanto más democrático sea el gobierno, mejor será éste; pero donde hay una gran desigualdad en la distribución de la riqueza, cuanto más democrático sea el gobierno, peor será éste; porque, aunque una democracia corrompida no puede en sí misma ser peor que una autocracia corrompida, sus efectos sobre el carácter nacional serán peores. Dar el sufragio a vagabundos, a indigentes, a hombres para los cuales la ocasión de trabajar es una dádiva, a hombres que han de mendigar, robar o morirse de hambre, es invocar la destrucción. Poner el poder político en manos de hombres amargados y degradados por la pobreza es como atar teas encendidas a unas zorras y soltarlas entre las mieses, es arrancar los ojos a un Sansón* y ceñir sus brazos a las columnas de la vida nacional.

Para transformar un gobierno republicano en el despotismo más vil y más cruel, no es necesario cambiar la forma de sus instituciones o abandonar la elección popular. Después de César, pasaron siglos antes que el dueño absoluto del mundo romano pretendiese gobernar de otro modo que con la autorización de un Senado que temblaba ante su presencia.

La forma no es nada cuando el espíritu ha desaparecido, y las formas de gobierno popular son las que el espíritu de la libertad abandona más fácilmente. Los extremos se tocan, y un gobierno por sufragio universal e igualdad teórica, en circunstancias que inciten al cambio, puede con la mayor facilidad convertirse en despotismo. Porque allí el despotismo se impone en nombre del pueblo y con el poder del pueblo. Una vez conseguida la única fuente de poder, todo se consigue. No hay clases oprimidas a que recurrir, ni clases privilegiadas que, defendiendo sus derechos, puedan defender los de todos. No queda dique que detenga la inundación, ni altura paro salvarse de ella.

Los azares de la sucesión hereditaria o de la elección por la suerte (el sistema de algunas de las repúblicas de la antigüedad) pueden a veces colocar en el poder al sabio y al justo; pero en una democracia corrompida, la tendencia siempre es dar el poder al peor. La honradez y el patriotismo llevan la carga, triunfa la desaprensión. Los mejores gravitan hacia el fondo, los peores flotan a lo alto y los viles sólo se verán desposeídos por otros más viles. Como que el carácter nacional se ha de asimilar gradualmente, las cualidades con que se gana el poder y, por consiguiente, el respeto, se extiende la opinión desmoralizada que, en el largo transcurso de la historia vemos una y otra vez, transformando razas de hombres libres en razas de esclavos. Un gobierno democrático corrompido, corrompe al fin al pueblo, y cuando el pueblo se degrada no cabe resurrección. La vida ha huido, sólo permanece la carroña: ya sólo falta que el arado del destino la oculte bajo tierra.

Esta transformación del gobierno popular en un despotismo del tipo más vil y más degradante, que irremisiblemente ha de resultar de la desigual distribución de la riqueza, no es cosa de un porvenir remoto. Ha empezado ya y avanza rápidamente ante nuestros ojos. Se vota con más despreocupación; cuesta más despertar al pueblo con la necesidad de reformas y es más difícil llevarlas a cabo; las diferencias políticas dejan de ser diferencias de principios, y las ideas abstractas están perdiendo su poder; los partidos caen bajo la dirección de lo que en el gobierno general serían oligarquías y dictaduras. Todo esto son pruebas de decadencia política.

Las corrientes inferiores de estos tiempos, parecen arrastrarnos de nuevo hacia las antiguas condiciones de que soñábamos habernos librado. El desarrollo de las clases artesanas y comerciantes quebrantó gradualmente el feudalismo cuando había llegado a ser tan completo que los hombres suponían el cielo organizado en forma feudal y atribuían a la primera y la segunda persona de la Trinidad los respectivos cargos de soberano y feudatario supremo. Pero ahora, el desarollo de las industrias y el cambio, actuando en una organización social en que la tierra se ha convertido en propiedad particular, amenaza con obligar a todo trabajador a buscarse un dueño. Nada parece escapar a esta tendencia. En todas partes la producción tiende a tomar una forma en la cual hay un señor y muchos servidores. Y cuando uno es amo y los otros sirven, aquél mandará a éstos aun en asuntos como el voto.

Ante nuestros ojos se van minando los cimientos mismos de la sociedad, mientras nos preguntamos, ¿cómo es posible que se destruya una civilización como ésta, con sus ferrocarriles, su prensa diaria y sus telégrafos? Mientras la literatura respira la creencia de que hemos dejado atrás, y en el porvenir seguiremos dejando cada vez más lejos el estado saIvaje, hay indicios de que en realidad estamos retrocediendo hacia la barbarie.

Aunque no podamos decirlo abiertamente, la fe general en las instituciones democráticas disminuye y se debilita allí donde han alcanzado su más pleno desarrollo; ya no se cree confiadamente como antaño en la democracia como origen de la prosperidad nacional. Los hombres pensadores empiezan a ver sus peligros, sin ver el modo de evitarlos; están empezando a admitir la opinión de Macaulay(1)* y a desconfiar de la de Jefferson*. Poco a poco el pueblo se está acostumbrando a la creciente corrupción; el signo político de peor agüero es la difusión de un sentir que o bien duda que haya un hombre honrrado en cargos públicos o lo cree tonto de no aprovechar la ocasión. Es decir, el pueblo mismo se está corrompiendo.

Cualquiera que piense verá claro a dónde lleva esta marcha. Cuando la corrupción sea crónica, el espíritu público se pierda, la tradición del honor, la virtud y el patriotismo se debiliten, se desprecie la ley y no quede esperanza en las reformas; entonces; en las masas enconadas se engendrarán fuerzas volcánicas que, al presentárseles una ocasión propicia, romperán y destruirán. Hombres fuertes y sin escrúpulos, aprovechando la ocasión, se convertirán en intérpretes de los deseos ciegos y pasiones violentas del pueblo y barrerán las instituciones, desprovistas ya de vitalidad. La espada volverá a ser más poderosa que la pluma y, en el desenfreno de la destrucción, la fuerza bruta y la locura salvaje alternarán con el letargo de una civilización decadente.

¿De dónde vendrán los nuevos bárbaros? Id por los barrios míseros de las grandes ciudades y ya ahora veréis sus hordas agolpadas. ¿Cómo perecerá el saber? Los hombres dejarán de leer y los libros prenderán incendios o se convertirán en cartuchos.

Sobresalta pensar cuán débiles huellas quedarán de nuestra civilización, si pasa por las angustias que acompañaron la decadencia de todas las civilizaciones anteriores. El papel no dura tanto como el pergamino, ni nuestros más firmes edificios y monumentos pueden compararse en solidez con los templos labrados en la roca y los titánicos edificios de las antiguas civilizaciones. Y la inventiva nos ha dado no sólo el vapor y la imprenta, sino también el petróleo, la nitroglicerina y la dinamita.

No obstante, insinuar en el día de hoy la posibilidad de que nuestra civilización decaiga, parece el colmo del pesimismo. Las tendencias especiales a que he aludido son evidentes para quienes piensan, pero, para la mayoria de éstos, asi como para las grandes masas, la fe en el verdadero progreso es todavía hondo y fuerte, es una creencia fundamental que no admite ni la sombra de una duda.

Pero cualquiera que medite sobre ello, verá que, necesariamente, así ha de ocurrir donde el adelanto se convierte en retroceso. Porque en el desarrollo social, como en todas las demás cosas, el movimiento tiende a persistir en línea recta, y por esto, donde ha habido un anterior adelanto, cuesta muchísimo reconocer la decadencia, aunque haya comenzado de pleno; hay una tendencia casi irresistible a creer que el movimiento adelante, que ha sido progreso y sigue marchando, es todavía progreso. La red de creencias, costumbres, leyes, instituciones y hábitos, constantemente tejida por cada colectividad, y que produce en el individuo envuelto en ella todas las diferencias de carácter nacional, no se desenrreda nunca. Es decir: en la decadencia de la civilización, los pueblos nunca bajan por el mismo camino que subieron.

Y fácilmente se ve que el retroceso de la civilización, que sigue a un período de progreso, puede ser tan gradual que en su tiempo no llame la atención; que, por desgracia, la mayoría de la gente necesariamente ha de tomar la decadencia por adelanto. Por ejemplo, hay una enorme diferencia entre el arte griego del período clásico y el del Bajo Imperio*; sin embargo, el cambio fue acompañado o más bien causado por un cambio del gusto. Los artistas que con más presteza siguieron este cambio, fueron en su época considerados como los mejores. Y lo mismo ocurrió en la literatura. Al volverse más insulsa, pueril y ampulosa, lo haría obedeciendo a un gusto alterado, que tomaría su creciente debilidad por una creciente fuerza y belleza. El escritor realmente bueno no encontraría lectores; se le consideraría rudo, seco o pesado. Y así declinaría el drama; no porque faltasen excelentes obras, sino porque el gusto dominante fue, cada vez más, el de una clase menos culta que, naturalmente, tendría por lo mejor en su clase aquello que más admiraba. Y así también en la religión, las supersiticiones añadidas por un pueblo supersticioso serían consideradas por éste como mejoras. Cuando empieza la decadencia, el retorno a la barbarie, donde no sea considerado en sí mismo como un progreso, parecerá necesario para hacer frente a las exigencias de los tiempos.

No es preciso investigar si, en las actuales corrientes de opinión y gusto, hay ya señales de retroceso; pero hay muchas cosas que indiscutiblemente demuestran que nuestra civilización ha llegado a un período crítico y que, de no dársele un nuevo impulso hacia la equidad social, quizás en el porvenir, el siglo XIX será considerado como el de su apogeo.

La tendencia a la desigualdad, que es la obligada consecuencia del progreso material donde la tierra está monopolizada, no puede ir mucho más allá sin llevar nuestra civilización hacia el sendero de bajada que tan fácilmente se emprende y tanto cuesta abandonar. En todas partes la creciente intensidad de la lucha por la vida, la creciente necesidad de poner en tensión todos los nervios para no ser arrollado y pisoteado en la rebatiña por la riqueza, está agotando las fuerzas que obtienen y conservan los perfeccionamientos. Cuando en una bahía o en un río, la marea pasa del flujo al reflujo, no lo hace de golpe, sino que en algunos puntos aún sube, mientras en otros ya empieza a bajar. Que el sol pasa por el mediodía, sólo se ve en la dirección que toman las acortadas sombras, pues el calor del día sigue aumentando. Pero tan seguro como que a la pleamar sigue el reflujo y al descenso del sol la obscuridad, es que, aunque el saber siga aumentando y la invención adelante y nuevos estados se pueblen y las ciudades se extiendan todavía, la civilización ha empezado a decaer cuando, en proporción a la población, hemos de construir más y más cárceles, más y más asilos y más y más manicomios. No es de arriba abajo como mueren las sociedades; es de abajo arriba.

Hay un sentimiento vago, pero general, de desilusión; una creciente amargura entre las clases trabajadoras y una extensa sensación de inquietud. Esto, si fuese acompañado de una idea precisa sobre la manera de lograr el alivio, sería un signo de esperanza, pero no es así. Aunque hace tiempo que la escuela se ha generalizado, la común facultad de relacionar efecto y causa no parece haber mejorado ni un ápice.

Qué cambio puede venir, ningún mortal puede decirlo, pero que algún gran cambio ha de venir, los hombres reflexivos empiezan a sentirlo. El mundo civilizado se estremece al borde de un gran movimiento. 0 bien será un salto adelante que abra paso a progresos aún no soñados o será un hundimiento que nos retornará a la barbarie.

(1) Véanse las cartas de Macaulay a Randall, biógrafo de Jefferson.

CAPITULO 26

EL LLAMAMIENTO DE LA LIBERTAD

La verdad a que nos ha llevado la parte político-económica de nuestra investigación, se observa claramente en la subida y caída de las naciones y en el crecimiento y decadencia de la civilización. Concuerda con los arraigados conceptos de relación y consecuencia que llamamos ideas morales.

Esta verdad implica a la vez una amenaza y una promesa. Los males que brotan de una injusta y desigual distribución de la riqueza, no son incidentes del progreso, sino tendencias que han de detenerlo; no se curarán por sí solos, sino que, por el contrario, si no se suprime su causa, han de aumentar más y más, hasta que nos retrograden a la barbarie por el camino que siguieron todas las civilizaciones pretéritas. Esos males no los imponen las leyes naturales. Proceden únicamente de desarreglos sociales que infringen las leyes naturales; y al suprimir su caúsa, daremos un enorme impulso al progreso.

Al consentir el monopolio de las oportunidades que la naturaleza ofrece generosamente a todos, hemos desairado el principio fundamental de la justicia. Pero al suprimir esta injusticia y asegurar los derechos de todos los hombres a las oportunidades naturales, nos ajustaremos a la ley, extirparemos la gran causa de la antinatural desigualdad en la distribución de la riqueza y el poder; aboliremos la pobreza; amansaremos las crueles pasiones de la codicia; secaremos las fuentes del vicio y la miseria; alumbraremos las tinieblas con la lámpara del saber; daremos nuevo vigor a la invención y un nuevo impulso al descubrimiento; sustituiremos la debilidad política con la fuerza política; y haremos imposibles la tiranía y la anarquía. La reforma que he propuesto está de acuerdo con todo lo que política, social y moralmente es deseable. Tiene las cualidades de una verdadera reforma, porque facilitaría todas las demás reformas. No es otra cosa que la realización de la letra y el espíritu de la verdad enunciada en la Declaración de la Independencia Americana*, la verdad evidente que es el corazón y el alma de la Declaración: «Que todos los hombres han sido creados iquales; que su Creador les dotó de ciertos derechos inalienables; que entre éstos se hallan la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.»

Estos derechos se niegan al negar el igual derecho a la tierra, en la cual y de la cual el hombre ha de vivir forzosamente. La igualdad de derechos políticos no compensa la negación del igual derecho a los dones de la naturaleza. Cuando se niega el igual derecho a la tierra, al aumentar la población y progresar los inventos, la libertad política se convierte simplemente en la libertad de competir para emplearse por salarios de hambre.

Honramos la Libertad en el nombre y en la forma. Le levantamos estatuas y cantamos sus alabanzas. Pero no hemos confiado plenamente en ella. Y, con nuestro avance, crecen también sus exigencias. ¡No quiere que se le sirva a medias!

¡Libertad! es una palabra para conjurar, no para cansar el oído con frívolas bravatas. Porque Libertad significa Justicia y Justicia es la ley natural, la ley de salud, armonía y vigor, la ley de la fraternidad y la colaboración.

Quienes creen que la Libertad ya cumplió su misión al abolir los privilegios hereditarios y dar a los hombres el voto, los que piensan que ya no tiene que ver con los asuntos cotidianos de la vida, no han visto su verdadera grandeza; para ellos los poetas que la cantaron fueron vanos copleros, y sus mártires, insensatos. Como el sol es señor de la vida y de la luz; como sus rayos no sólo perforan las nubes, sino que nutren todo desarrollo, surten todo movimiento, y, de lo que sin ellos fuera una masa inerte y fría, engendran seres en infinita variedad y belleza, así es la libertad para los hombres. No es por una idea abstracta por lo que los hombres han luchado y sucumbido y en todas las épocas se han levantado los defensores de la Libertad y sus mártires han sufrido.

Decimo que la Libertad es una cosa y la virtud, la riqueza, el saber, la invención, el vigor nacional y la independencia patria son otras cosas. Pero, de todas éstas, la Libertad es la fuente, la madre, la condición necesaria. Es para la virtud como la luz para el color; para la riqueza como el sol para el trigo; para el saber como los ojos para la vista. Es el genio de la invención, el músculo de la robustez del país, el espíritu de la independencia nacional. Donde la Libertad se levanta, crece la virtud, aumenta la riqueza, cunde el saber, la invención multiplica el poder del hombre, y la nación más libre sobresale en fuerza y valor entre sus vecinas como Saúl* entre sus hermanos, más alta y más bella. Donde la Libertad se hunde, se marchita la virtud, mengua la riqueza, se olvida el saber, cesa la invención, y los imperios, un día poderosos en las armas y las artes, se convierten en indefensa presa de bárbaros más libres.

Solamente en destellos truncados y con luz parcial, el sol de la Libertad ha brillado entre los hombres, y, no obstante, ha engendrado todo el progreso.

La Libertad vino a una raza de esclavos humillados bajo el látigo de los egipcios, y los sacó de la casa de la esclavitud*. Ella los fortaleció en el desierto, y de ellos hizo una raza de conquistadores. El libre aliento de la ley mosaica* arrebató a sus pensadores a las alturas desde donde contemplaron la unidad de Dios, e inspiró a sus poetas estrofas que aún expresan la mayor exaltación del pensamiento. La Libertad amaneció en la costa fenicia*, y las naves pasaron las Columnas de Hércules* para surcar el mar tenebroso. Derramó una luz parcial sobre Grecia, y el mármol se animó en formas de ideal belleza, la palabra sirvió de instrumento a las ideas más sutiles y, contra la exigua milicia de las ciudades libres, las incontables huestes del Gran Rey* se estrellaron cual olas contra la roca. Vertió sus rayos sobre las parcelas de los pequeños hadendados de Italia, y de su energía nació un poder que conquistó el mundo. Se reflejó en los escudos de los guerreros germánicos, y Augusto* lloró sus legiones. Saliendo de la noche que siguió a su eclipse, sus oblicuos rayos cayeron nuevamente sobre ciudades libres, y renació un saber olvidado, comenzó la moderna civilización y un nuevo mundo fue descubierto; y al crecer la Libertad, crecieron también el arte, la riqueza, el poder, la ciencia y el refinamiento.

¿No confiaremos en ella?

En nuestra era, como en anteriores, se arrastran las insidiosas fuerzas que, produciendo desigualdad, destruyen la Libertad. El horizonte empieza a nublarse. De nuevo, la Libertad nos llama. Hemos de continuar siguiéndola; hemos de confiar plenamente en ella. O la acogemos por completo o no permanecerá. No basta que los hombres voten; no basta que, en teoría, sean iguales ante la ley. Han de tener libertad para aprovechar las oportunidades y medios de vida; han de estar en igualdad de condiciones respecto a los dones de la naturaleza. O esto o la Libertad retirará su luz. O esto o vendrán las tinieblas, y las mismas fuerzas desarrolladas por el progreso, se convertirán en poderes de destrucción. Esta es la ley universal. Esta es la lección de los siglos. Si sus cimientos no descansan sobre la justicia, la estructura social no puede sostenerse.

Nuestra institución social primaria es una negación de la justicia. Al permitir que un hombre posea la tierra sobre la cual y de la cual han de vivir otros hombres, hemos convertido a éstos en esclavos, en un grado que aumenta a medida que el progreso material avanza. Esta es la alquimia sutil que, por caminos invisibles, quita a las masas de todos los países civilizados el fruto de su penoso esfuerzo, que, en vez de la esclavitud abolida, instituye otra más dura y más desamparada, y que de la libertad política engendra el despotismo.

Esto es lo que convierte los beneficios del progreso material en maldición. Lo que amontona seres humanos en sótanos malsanos e inmundas viviendas; llena cárceles y burdeles; atormenta los hombres con la miseria y los consume con la codicia; roba la gracia y la belleza de la perfecta feminidad; y arrebata a los niños la alegría y la inocencia de la aurora de la vida.

Una civilización fundamentada así, no puede subsistir. Las leyes eternas del universo lo prohíben. Las ruinas de los imperios extintos confirman y el testimonio de las conciencias responde que no puede ser. Algo más grande que la benevolencia, más augusto que la caridad -- la Justicia misma -- nos exige que reparemos este agravio. La Justicia, que no será denegada, que no puede ser eludida; la Justicia que, con la balanza, lleva la espada. ¿Esquivaremos el golpe con liturgias y oraciones? Cuando los niños gimen hambrientos y las madres extenuadas lloran, ¿podremos, levantando Iglesias, desviar los decretos de la ley inmutable?

Aunque emplee el lenguaje de la plegaria, es blasfemia lo que atribuye a los inescrutables decretos de la Providencia el dolor y el embrutecimiento que vienen de la pobreza; dirigir las manos en súplica al Padre de todos y hacerle responsable de la miseria y el crimen de nuestras grandes ciudades. Un hombre compasivo hubiera ordenado mejor el mundo; un hombre justo aplastaría con el pie un hormiguero tan ulceroso. No es el Todopoderoso, sino nosotros, los que somos responsables del vicio y la miseria que emponzoñan nuestra civilización. El Creador nos colma con sus dádivas, que sobran para todos. Pero, como cerdos que se disputan la comida, las pisoteamos en el cieno, mientras nos desgarramos unos a otros.

Hoy, en los mismos centros de nuestra civilización, hay miseria y sufrimiento bastante para agobiar el corazón de quien no cierra los ojos y no tenga nervios de acero. ¿Osaremos volvernos al Creador pidiéndole alivio? Supongamos que nuestra súplica fuese escuchada y que brillara el sol con mayor potencia; que una nueva fuerza impregnase el aire; un nuevo vigor el suelo; que por una hoja de pasto que hoy crece, crecieran dos, y que la semilla que da cincuenta diera cien. ¿Disminuiría la pobreza o se aliviaría la necesidad? ¡No, evidentemente, no! Cualquier buen resultado que se obtuviese, sólo sería pasajero. Los nuevos poderes del universo material sólo podrían ser utilizados por medio de la tierra. Mientras la tierra siguiese siendo propiedad particular, las clases que ahora monopolizan la generosidad del Creador, monopolizarían todas sus nuevas dádivas. Las rentas subirían, pero los salarios continuarían al nivel de la simple subsistencia.

¿Es posible que de este modo los dones del Creador puedan ser usurpados impunemente? ¿Es cosa leve que al trabajo se le usurpe su ganancia, mientras la codicia se revuelca en la riqueza, que los más hayan de pasar hambre, mientras los menos se atiborran? Acudid a la historia, y en cada página se puede aprender que este agravio nunca queda impune; que Némesis*, que sigue. a la injusticia, nunca duerme ni vacila. Mirad hoy a vuestro alrededor. ¿Puede continuar esta situación? ¿Podemos decir siquiera: «Después de nosotros, el diluvio»? No. Los pilares del Estado se estremecen también ahora, y ardientes fuerzas sacuden los mismos cimientos de la sociedad que las comprime. La lucha que ha de vivificarnos o arrastrarnos a la ruina está próxima, si no está ya entablada.

El ¡fiat! creador ha proseguido. Con el vapor y la electricidad y los nuevos poderes nacidos del progreso, han venido al mundo nuevas fuerzas, que, o bien nos propulsarán hacia una mayor altura, o bien nos aplastarán, como han aplastado todas las naciones y civilizaciones precedentes. Entre las ideas democráticas y la organización aristocrática de la sociedad hay un conflicto irreconciliable. No podemos continuar permitiendo que los hombres voten y obligándoles a vagabundear. No podemos seguir educando a los niños y niñas en nuestras escuelas públicas y al mismo tiempo negarles el derecho a ganarse honradamente la vida. No podemos seguir charlando de los inalienables derechos del hombre, y al mismo tiempo negando el inalienable derecho a la generosidad del Creador.

Pero si, mientras aún hay tiempo, nos volvemos a la Justicia, si confiamos en la Libertad y la seguimos, desaparecerán los peligros que nos acosan, y las fuerzas que nos amenazan se convertirán en agentes de encumbramiento. Pensad en los poderes hoy despilfarrados, los infinitos campos del sabor aún inexplorados, las posibilidades que los grandes inventos de este siglo nos insinúan. Abolida la miseria; trocada la codicia en nobles pasiones; ocupando la fraternidad, nacida de la equidad, el sitio de la envidia y el temor que ahora alinean a unos hombres contra otros; liberado el poder mental en condiciones que den bienestar y ocio al más humilde, ¿quién puede medir la altura a que puede remontarse nuestra civilización? ¡Las palabras no alcanzan a expresarlo! Es la Edad de Oro* cantada por la poesía y revelada en las sublimes metáforas de los profetas. Es la gloriosa visión que siempre ha obsesionado al hombre con destellos de vacilante resplandor. Es la visión de aquél, cuyos ojos se cerraron en éxtasis en Patmos. ¡Es la culminación del Cristianismo, la Ciudad de Dios sobre la tierra, con sus murallas de jaspe y sus puertas nacarinas! ¡Es el reinado del Príncipe de la Paz!


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