CAPITULO 24

LA LEY DEL PROGRESO HUMANO

¡También éste, oh Roma, será tu destino algún dia!

Cualquiera que sea el origen del hombre, todo lo que sabemos de éste, es en cuanto es hombre, tal como ahora lo encontramos. No hay memoria ni rastro suyo en condiciones inferiores a las que todavía se pueden encontrar entre salvajes. Cualquiera que sea el puente por el cual haya cruzado el vago abismo que hoy lo separa de los irracionales, no queda de él ningún vestigio. Entre los salvajes inferiores de que tenemos noticias y los animales superiores, hay una diferencia irreconciliable, no tan sólo de grado, sino de clase. Los animales inferiores al hombre presentan muchas de las características, acciones y emociones humanas; pero al hombre, por bajo que se halle en la escala de la humanidad, no se le ha encontrado nunca privado de una cosa, de la cual los animales no presentan la menor huella, algo claramente perceptible, pero casi indefinible, que le da la facultad de progresar.

El castor construye un dique, el pájaro un nido, la abeja una celda; pero mientras el dique del castor, el nido del pájaro y la celda de la abeja se construyen siempre según el mismo modelo, la casa del hombre pasa de la tosca cabaña de hojas y ramas a la magnífica mansión provista de todas las comodidades modernas. El perro puede, hasta cierto punto, relacionar la causa con el efecto, y se le pueden enseñar algunas habilidades; pero su capacidad en este sentido no ha mejorado ni por asomo en todos los siglos en que ha sido compañero del hombre progresivo, y el perro de la civilización no es ni pizca más capaz o inteligente que el perro del salvaje errante. No sabemos de ningún animal que use vestidos, cuezca sus alimentos, se haga herramientas o armas o tenga un lenguaje articulado. En cambio, a no ser en la fábula, nunca se ha encontrado ni mencionado un hombre que no haga todo esto. Es decir, el hombre, dondequiera que le conocemos, ostenta este poder, esta facultad de completar lo que la naturaleza ha hecho por él, con lo que él hace para sí mismo. Y de hecho, son tan inferiores los dotes físicas del hombre, que en ninguna parte del mundo podría subsistir sin aquella facultad.

En todo tiempo y lugar, el hombre manifiesta esta facultad. Pero el grado en que la emplea varía mucho. Entre la rudimentaria canoa y el buque de vapor, entre el burdo ídolo de madera tallada y el viviente mármol del arte griego, entre las nociones del salvaje y la moderna ciencia, hay una diferencia enorme.

Condiciones del Progreso Social

Los diversos grados en que se emplea esta facultad no pueden atribuirse a diferencias de capacidad original. Los pueblos hoy más adelantados eran salvajes en tiempos históricos, y encontramos las mayores diferencias entre pueblos del mismo linaje. Ni pueden atribuirse por completo a diferencias del ambiente físico; en muchos casos, la cuna del saber y de las artes está hoy ocupada por pueblos en la barbarie. Todas aquellas diferencias están evidentemente ligadas al desarrollo social. Excepto, quizás, en lo más rudimentario, el hombre sólo puede progresar viviendo con sus semejantes. Por esto, todas esas mejoras en los poderes y condiciones del hombre, las resumimos con el término «civilización». El hombre adelanta a medida que se civiliza o aprende a colaborar en la sociedad.

¿Cuál es la ley de este progreso? ¿Por qué principio general podemos explicar los diferentes grados de civilización que han alcanzado las diversas colectividades? ¿En qué consiste esencialmente el progreso de la civilización, que nos permita decir, de las diversas disposiciones sociales, cuáles lo favorecen y cuáles no; o explicar por qué una institución o situación puede en unas épocas adelantarlo y en otras retardarlo?

La Teoría Evolucionista

La creencia reinante es que el progreso de la civilización es un desarrollo o evolución, en el curso del cual las facultades y cualidades humanas aumentan y mejoran por la acción de causas semejantes a las que se admiten para explicar el origen de las especies, a saber, la supervivencia del más fuerte y la transmisión hereditaria de las cualidades adquiridas. En otras palabras, se cree que la civilización es el resultado de fuerzas que poco a poco cambian el carácter y mejoran y elevan las facultades del hombre; y que este mejoramiento tiende a avanzar cada vez más hacia una civilización cada vez más elevada.

En medio de una civilización floreciente, esta teoría del progreso nos parece muy natural. Pero sus defensores, cuando miran el mundo que nos rodea, se encuentran frente a un hecho anómalo: las civilizaciones inmóviles, petrificadas. Con la teoría de que el progreso humano es el resultado de causas generales y continuas, ¿cómo nos explicamos las civilizaciones que han progresado mucho y luego se han paralizado? No se puede decir del hindú y del chino que nuestra superioridad sobre ellos es el resultado de una educación más prolongada; que nosotros venimos a ser como los adultos de la naturaleza, mientras que ellos son los niños. Los hindúes y los chinos eran civilizados cuando nosotros éramos salvajes. Tenían grandes ciudades, gobiernos altamente organizados y poderosos, literatura, filosofía, modales corteses, considerable división del trabajo, vasto comercio y primorosas artes, cuando nuestros antepasados eran bárbaros nómadas, que vivían en chozas y tiendas de piel. Mientras nosotros hemos avanzado desde aquel estado salvaje, ellos se han quedado estancados. De todas las civilizaciones que conocemos un poco, la más inmóvil y fosilizada fue la de Egipto*, en la que hasta el arte acabó por adoptar una forma convencional e inflexible. Pero sabemos que, antes de ésta, debió existir una época de vida y vigor, una civilización que se desplegaba lozana y expansiva, como la nuestra, pues de otro modo las artes y las ciencias nunca habrían alcanzado tanta altura. Y excavaciones recientes han sacado a luz, más allá de lo que sabíamos del Egipto, un Egipto aún más antiguo, con estatuas y relieves que, en vez de un tipo rígido y formalista, irradian vida y expresión y muestran un arte animoso, ardiente, natural y libre, señal segura de una vida dinámica y expansiva.

Civilizaciones Detenidas

Si el progreso fuese el resultado de leyes fijas, invariables y eternas que impulsan al hombre adelante, ¿cómo nos explicamos estas civilizaciones detenidas? No es solamente que el hombre haya avanzado tanto en la senda del progreso y luego se haya detenido; es que ha avanzado tanto y luego ha retrocedido. Lo que contradice la teoría no es sólo un caso aislado: es la regla universal. Todas las civilizaciones que hasta hoy el mundo ha visto, han tenido sus fases de crecimiento vigoroso, de parada y estancamiento, de decadencia y caida. De todas las civilizaciones que han nacido y florecido, sólo quedan hoy las que se han detenido y la nuestra, que aún no es tan antigua como lo eran las pirámides*, cuando Abraham* las contempló y tenían veinte siglos de historia comprobada.

Sin duda alguna, nuestra civilización tiene una base más amplia, es de un tipo más avanzado, se mueve más aprisa y se remonta más alto que cualquier civilización anterior; pero, en este concepto, apenas está más avanzada respecto a la civilización greco-romana, que ésta lo estaba respecto a la civilización asiática; y si Io estuviese, esto no probaría nada en cuanto a su permanencia y futuro avance, mientras no se demuestre que es superior en aquellas cosas que causaron el fracaso definitivo de sus predecesoras. Lo cierto es que nada está más lejos de explicar los hechos de la historia universal que la teoría según la cual la civilización es el resultado de una serie de selecciones naturales que actúan mejorando y elevando las facultades humanas. La civilización ha nacido en diferentes épocas, en diferentes sitios y ha progresado en diferentes medidas, lo cual no es incompatible con dicha teoría, porque puede resultar del diferente equilibrio entre las fuerzas impulsoras y resistentes. Pero es absolutamente incompatible con ella, el hecho de que el progreso no ha sido continuo en níngún sitio, sino que en todas partes se ha detenido o ha retrocedido, Pues si el progreso determinase un mejoramiento de la naturaleza humana, y de este modo originase otro nuevo progreso, por regla general, y aunque hubiera alguna interrupción pasajera, el avance sería continuo, el adelanto conduciría a un nuevo adelanto y la civilización se desenvolvería en civilizaciones superiores.

Imperios Fenecidos

No sólo la regla general, sino la regla universal es lo contrario. La tierra es la tumba de imperios fenecidos, no menos que la de hombres difuntos. En vez de que el progreso prepare a los hombres para un mayor avance, cada civilización que en su época fue vigorosa y progresiva como hoy la nuestra, ha venido a detenerse por sí misma. Una y otra vez el arte ha declinado, la cultura ha decaído, ha menguado el poder y se ha enrarecido la población, hasta que los remanentes de quienes habían erigido famosos templos y poderosas ciudades, desviado ríos, perforado montañas, cultivado el suelo como un jardín y llegado al sumo refinamiento en las minucias de la vida, fueron míseros bárbaros, que ni siquiera recordaban lo que habían hecho sus antepasados y miraban los restos de su anterior grandeza como obra de magia o de la poderosa raza antediluviana. «¡También éste, oh Roma, será tu destino algún dia!», exclamó Escipión* llorando sobre las ruinas de Cartago*; y la descripción de Macaulay* de un neozelandés meditando sobre el arco roto del Puente de Londres, acude a la imaginación, hasta de los que ven levantarse ciudades en el yermo y contribuyen a poner los cimientos de un nuevo imperio. Y así, al erigir un edificio público, dejamos en la piedra angular mayor un hueco en el cual sellamos cuidadosamente algunos recuerdos de nuestros días, previendo el tiempo en que nuestras obras serán ruinas y nosotros mismos seremos olvidados.

La teoría que explica el avance de la civilización por cambios en la naturaleza del hombre, no logra explicar los hechos, pues el pueblo que comienza una nueva civilización nunca ha sido educado y modificado hereditariamente por la anterior, sino que es una raza nueva que viene de un nivel inferior. Los bárbaros de una época han sido los civilizados de la siguiente, a su vez reemplazados por nuevos bárbaros. Hasta ahora, siempre ha sucedido que los hombres, bajo las influencias de la civilización, aunque al principio mejoran, después degeneran. Toda civilización que ha sido subyugada por bárbaros, en realidad ha perecido por la decadencia interna.

Individuos y Naciones

Por esto, ¿hemos de decir que hay una vida nacional o de la raza, como hay una vida Individual? ¿Que todo conjunto social tiene, por decirlo así una cierta cantidad de energía, cuyo consumo lleva necesariamente a la decadencia? Esta es una idea antigua y difundida que de un modo constante e incongruente aparece en los escritos de quienes exponen la teoría evolucionista. Pero, mientras sus individuos se renuevan constantemente con el vigor nuevo de la infancia, una colectividad no puede envejecer, como envejece un hombre, por la decadencia de sus fuerzas. Mientras su fuerza conjunta deba ser la suma de las fuerzas de sus componentes individuales, una colectividad no puede perder fuerza vital, a no ser que la de sus componentes disminuya. Sin embargo, en la comparación vulgar que asemeja el poder vital de una nación al de un individuo, asoma el reconocimiento de una verdad evidente, la certeza de que los obstáculos que acaban por detener el progreso nacen de este mismo progreso, y que las causas que han destruido todas las civilizaciones precedentes, han sido las condiciones creadas por el mismo crecimiento de la civilización.

Diferencias de Civilización. Sus Causas

En toda colectividad numerosa, así como entre distintos grupos o clases, podemos ver diferencias parecidas a las que hay entre civilizaciones distintas, diferencias de saber, creencias, costumbres, gustos y lenguaje, que, en sus extremos entre gente de igual raza y país, aparecen tan marcadas como las que hay entre pueblos civilizados y salvajes. Del mismo modo que en pueblos contemporáneos se pueden hallar aún todas las fases del desarrollo social, a partir de la edad de piedra, también hoy en el mismo país y en la misma ciudad se pueden hallar uno junto a otro grupos que muestran parecidas divergencias. En paises tales como Inglaterra y Alemania, niños de la misma raza, nacidos y criados en el mismo lugar, crecerán hablando el idioma de modo diferente, profesando diversas creencias, siguiendo costumbres diferentes y mostrando gustos distintos; y hasta en un país como los Estados Unidos, se observan diferencias de esta índole, aunque no en igual grado, entre grupos y círculos distintos.

Pero estas diferencias no son, ciertamente, innatas. Ningún niño nace metodista o católico, pronunciando o no la h aspirada. Todas las diferencias que distinguen los diversos grupos o círculos proceden de la asociación dentro de los mismos.

Los jenízaros* eran jóvenes que en edad temprana fueron arrebatados a sus padres cristianos, pero no eran musulmanes menos fanáticos, ni mostraban menos todos los rasgos del carácter turco. Los jesuitas y otras órdenes muestran un carácter marcado, pero, ciertamente, este carácter no se perpetúa por transmisión hereditaria. Y hasta asociaciones tales como escuelas y regimientos, cuyos componentes permanecen sólo un corto tiempo en ellas, manifiestan características generales debidas a impresiones mentales perpetuadas por la asociación.

Este conjunto de tradiciones, creencias, costumbres, leyes, hábitos y asociaciones, que nacen dentro de cada colectividad y rodean a cada individuo, es el gran elemento que determina el carácter nacional. Esto, más bien que la transmisión hereditaria, es lo que diferencia al inglés del francés, al alemán del italiano y al americano del chino. De este modo es como se conservan, extienden o cambian los rasgos nacionales.

Atributos Físicos y Mentales

Una raza de hombres con actividad mental no mayor que la de los animales, hombres que solamente coman, beban, duerman y procreen, sin duda podrían, por un tratamiento cuidadoso y selección en la cría y a fuerza de tiempo, adquirir diferencias corporales y de carácter tan grandes como las que por medios parecidos se han obtenido en los animales domésticos. Pero hombres de esa clase no los hay; y en los hombres, tales como son las influencias mentales, actuando a través del espíritu sobre el cuerpo a cada paso, interrumpirían el proceso. Con toda probabilidad, los hombre han estado sobre la tierra más tiempo que varias especies animales. Han estado separados unos de otros bajo diferencias de clima que produce las más marcadas diferencias en los animales, y, sin embargo, las diferencias físicas ente las diversas razas humanas apenas son mayores que la que hay entre caballos blancos y caballos negros; ciertamente no son tan grandes como entre perros de la misma subespecie, por ejemplo entre la distintas variedades de spaniel o de terrier. Y aun respecto a estas diferencias físicas entre razas humanas, los que las explican por la selección natural y la transmisión hereditaria, afirman que fueron producidas cuando el hombre estaba mucho más próximo al animal, es decir, cuando tenía menos entendimiento.

Y si esto es cierto respecto a la constitución física del hombre, ¿cuánto más no lo será respeto a su constitución mental? Venimos al mundo con todos nuestros componentes físicos; pero el entendimiento se desarolla después.

Tomad un número de niños nacidos de los padres más civilizados y llevadlos a un país deshabitado. Suponed que, por algún milagro, se mantienen hasta la edad de cuidarse de sí mismos y ¿qué tendríais? Los salvajes más desvalidos de que tenemos noticia. Tendrían que decubrir el fuego; inventar los más rudimentarios utensilios y armas; formar el lenguaje. En suma, tendrían que tropezar a cada paso, como un niño que aprende a andar, para poseer los conocimientos más sencillos que las razas inferiores poseen ahora. No dudo en lo más mínimo que, con el tiempo, harían todas aquellas cosas, pues todas esas posibilidades están latentes en la mente del hombre, del mismo modo que la facultad de andar está latente en su estructura corporal, pero no creo que las hiciesen mejor o peor, más despacio o más aprisa, que en iguales circunstancias, las harían los niños de padres salvajes. Dados los más elevados poderes mentales que individuos excepcionales hayan desplegado, ¿qué sería de la humanidad, si una generación quedase separada de la siguiente por un intervalo de tiempo como los diecisiete años de la cigarra*? Un intervalo como éste reduciría la humanidad, no al salvajismo, sino a un estado, comparado al cual el salvajismo que conocemos parecería civilización.

Semejanza Esencial en la Naturaleza Humana

Por el contrario, suponed que un número de niños salvajes, ignorándolos las madres (pues hasta esto sería necesario para hacer el experimento con imparcialidad), substituyesen a otros tantos niños de la civilización. ¿Podemos suponer que al desarrollarse presentarían alguna diferencia? Creo que nadie que haya tratado diferentes pueblos, pensaría así. La gran lección que así se aprende es que «la naturaleza humana es naturaleza humana en todo el mundo». Y esta lección se puede aprender también en los libros. No me refiero a los relatos de viajeros, porque los informes que los civilizados nos dan en su libros sobre los salvajes, muy a menudo son como los informes que de nosotros darían los salvajes, si pudiesen hacernos visitas a toda prisa y luego escribir libros; hablo de aquellas memorias de la vida e ideas de otros tiempos y otros pueblos, que traducidas a nuestro lenguaje actual, son como reflejo de nuestras propias vidas y destellos de nuestras propias ideas. El sentimiento que inspiran es el de la esencial semejanza de los hombres. «Este es -- dice Emmanuel Deutsch* -- el resultado de todas las investigaciones en la historia o en el arte: Eran como nosotros.»

El Hombre Moderno y sus Precursores

No hay pruebas para admitir un mejoramiento mental de la raza dentro de los tiempos que conocemos. ¿Puede la civilización moderna presentar poetas, artistas, arquitectos, filósofos, oradores, estadistas o guerreros mejores que los de la antigua? No hace falta recordar nombres. Cualquier niño de la escuela los conoce. Para nuestros modelos y personificaciones del poder mental, recurrimos a los antiguos. Si pudiésemos suponer que Homero* o Virgilio*, Demóstenes* o Cicerón*, Alejandro*, Anibal* o César*, Platón* o Lucrecio*, Euclides* o Aristóteles*, volviesen a esta vida, ¿podríamos suponer que fuesen inferiores en algo a los hombres de hoy? O, si tomamos cualquier época, aun la de mayor atraso, posterior a la clásica o cualquier otra anterior que conozcamos algo, ¿no encontraremos hombres que, en las circunstancias y conocimientos de su tiempo, mostraron un poder mental tan elevado como el de los hombres de hoy? Y, entre las razas menos adelantadas, cuando fijamos en ellas nuestra atención, ¿no encontramos hoy hombres que, dentro de sus circunstancias, presentan cualidades mentales tan grandes como pueda mostrarlas la civilización? La invención del ferrocarril, dada la época en que ocurrió, ¿demuestra mayor inventiva que la de la carretilla cuando ésta aún no existía? Nosotros, los hombres de la civilización moderna estamos muy por encima de los que nos han precedido y de las razas contemporáneas menos adelantadas. Pero es porque estamos sobre una pirámide, no porque seamos más altos. Lo que los siglos han hecho por nosotros no es aumentar nuestra estatura, sino levantar una construcción sobre la cual podemos afianzar nuestros pies.

El Papel que Desempeña la Herencia

No digo que todos los hombres posean las mismas capacidades o sean iguales en mentalidad, como tampoco digo que sean iguales en lo físico. Entre los incontables millones que han venido a esta tierra y se han ido de ella, probablemente nunca hubo dos hombres que en lo físico ni en lo mental fuesen exactamente iguales. Ni siquiera digo que no haya diferencias raciales de mentalidad tan claramente marcadas como lo son las diferencias raciales en lo corporal. No niego la influencia de la herencia en la transmisión de peculiaridades mentales, del mismo modo y quizás en el mismo grado en que se transmiten las peculiaridades corporales. Sin embargo, me parece que hay un patrón común y unas proporciones naturales de la mente, como los hay del cuerpo, hacia los cuales todas las desviaciones tienden a regresar. Las circunstancias en que nos encontramos, pueden producir deformaciones, como las producen los «cabezas chatas*» comprimiendo el cráneo de sus hijos o los chinos vendando los pies de sus hijas. Pero, asi como los niños «cabezas chatas», siguen naciendo con cabeza de forma natural y las niñas chinas con los pies normalmente proproporcionados, también la naturaleza parece volver al tipo mental normal. El niño no hereda el saber de su padre, más de lo que hereda el ojo de cristal o la pierna artificial del mismo; el hijo de los padres más ignorantes puede llegar a ser un promotor de la ciencia o un guía del pensamiento.

Las diferencias entre la gente de colectividades de distintos lugares y tiempos, que llamamos diferencias de civilización, son inherentes no al individuo, sino a la sociedad. Resultan, no de diferencias en las unidades, sino de las condiciones en que estas unidades se incorporan a la sociedad.

Importancia del Medio Ambiente Social

Considero que la explicación de las diferencias que distinguen las colectividades es ésta: que cada sociedad, grande o pequeña, teje necesariamente para sí misma una red de saber, creencias, costumbres, lenguaje, gustos, instituciones y leyes. En esta red tejida por cada sociedad (o mejor en estas redes, pues cada colectividad superior a la más sencilla está compuesta de colectividades menores que se superponen y enlazan entre sí), el individuo es recibido al nacer y sigue en ella hasta su muerte. Esta es la matriz en que la mente se desenvuelve y cuyo sello toma. Así es como se desarrollan y perpetúan las costumbres, religiones, prejuicios, gustos y lenguajes. Así es como se transmite la habilidad y se acumula el saber y como los descubrimientos de una época forman la provisión común y el peldaño para la siguiente. Esto, aunque, con frecuencia opone al progreso los más serios obstáculos, es lo que lo hace posible. Es lo que hoy permite a cualquier chico de la escuela aprender en pocas horas más cosas del universo que las conocidas por Ptolomeo* y sitúa al más torpe hombre de ciencia muy por encima del nivel alcanzado por la gigantesca inteligencia de Aristóteles.*' Esto es para la raza lo que la memoria es para el individuo. Nuestras artes admirables, nuestras trascendental ciencia, nuestros maravillos inventos, nos han venido de esta manera.

El progreso humano avanza a medida que los adelantos hechos por una generación quedan así asegurados como propiedad común de la siguiente y sirven de punto de partida para otros nuevos adelantos.

El Poder Mental, Motor del Progreso

¿Cuál es, pues, la ley del progreso humano, la ley que ha de explicar clara y terminantemente por qué, aunque probablemente la humanidad comenzó con las mismas facultades y al mismo tiempo, existen ahora tan grandes diferencias en el desarrollo social? No es difícil descubrir esta ley. No pretendo darle precisión científica, sino sólo indicarla.

Los incentivos para el progreso son los deseos inherentes a la naturaleza humana, el deseo de satisfacer las necesidades de índole animal, las de índole intelectual, y las de índole efectiva; el deseo de ser, saber y hacer, deseos que, aun sin ser infinitos, nunca pueden quedar satisfechos, porque crecen a medida que se satisfacen.

La mente es el instrumento con el cual el hombre avanza y con el cual cada avance queda asegurado y convertido en punto de apoyo para nuevos adelantos. Por esto el poder mental es el motor del progreso, y el hombre tiende a avanzar en proporción al poder mental que se aplique a progresar, que se dedique a aumentar el saber, perfeccionar los métodos y mejorar las condiciones sociales.

El trabajo que un hombre puede hacer con su inteligencia tiene un límite, como lo tiene el que puede hacer con su cuerpo; por esto, el poder mental que se puede destinar al progreso es solamente el que sobra después de gastar el exigido por finalidades no progresivas. Estos fines no progresivos, en los cuales se consume poder mental, pueden ser de mantenimiento y de conflicto. Entiendo por mantenimiento, no sólo el de la existencia, sino también el de la posición social y de los avances logrados. Entiendo por conflicto no sólo la guerra y sus preparativos, sino todo gasto de poder mental en la satisfacción del deseo a costa de los demás y en la resistencia a esta agresión.

Comparando la sociedad a un bote, su avance por el agua depende, no del esfuerzo de la tripulación, sino del esfuerzo dedicado a hacerlo avanzar. Este será disminuido por todo gasto de esfuerzo en achicar agua, en luchar los tripulantes entre sí o en bogar en diferentes direcciones.

Requisitos del Progreso

En la soledad, mantener la existencia exige todos los poderes del hombre. El poder mental para aplicaciones más elevadas, sólo se pone en libertad por medio de la asociación de los hombres en colectividades, la cual permite la división del trabajo y todas las economías resultantes de la colaboración de un mayor número. Por esto, la asociación es la primera condición esencial del progreso.

El perfeccionamiento es posible cuando los hombres se reúnen en asociación pacífica, y cuanto más extensa y unida sea ésta, mayores son las posibilidades de perfeccionamiento. Y como el despilfarro de poder mental gastado en lucha será mayor o menor según que, respectivamente, se desatienda o reconozca la ley moral que da a todos una igualdad de derechos, por esto la equidad (o justicia) es la segunda condición esencial del progreso.

Por lo tanto, la asociación en equidad es la ley del progreso.

La asociación libera poder mental para gastarlo en mejorar, y la equidad (o justicia o libertad, pues estos términos significan aquí lo mismo, el reconocimiento de la ley moral) impide la disipación de este poder en luchas estériles

El hombre es social por naturaleza. No necesita que le apresen y domestiquen, para inducirle a vivir con sus semejantes. La extrema incapacidad con que entra en la vida y el largo período necesario para la madurez de sus facultades, requieren el lazo familiar; y éste, como podemos observar, es más extenso y, en toda su extensión, más fuerte entre los pueblos más rudos que entre los pueblos más cultos. Las primeras sociedades son familias, agrandadas hasta tribus, que conservan todavía un mutuo parentesco de consanguinidad, y hasta cuando han llegado a ser grandes naciones, todavía se atribuyen un origen común.

Los hombres tienden al progreso en cuanto se agrupan. Por la mutua colaboración aumentan el poder mental que se puede dedicar al perfeccionamiento, pero en cuanto se provoca el conflicto, o la asociación engendra la desigualdad de condición y poder, esta tendencia al progreso disminuye, se detiene y finalmente se transforma en retroceso.

Por qué Cayó Roma

Mucho entes que los godos o vándalos irrumpiesen a través del cordón de legiones, incluso mientras sus fronteras avanzaban, Roma llevaba la muerte en el corazón. Las grandes propiedades habían arruinado Italia. La desigualdad había secado la fuerza y destruido el vigor del mundo romano. El gobierno pasó a ser un despotismo que ni el asesinato podía moderar; el amor a la patria se convirtió en servilismo; se alardeaba públicamente de los vicios más inmundos; la literatura cayó en puerilidades; se olvidó el saber; comarcas fértiles, sin los estragos de la guerra, quedaron desiertas; por todas partes, la desigualdad produjo la decadencia política, mental, moral y material. La barbarie que arrolló a Roma no vino de afuera, sino de adentro. Era la obligada consecuencia de un sistema que había substituido los pequeños hacendados de Italia por esclavos y colonos* y había parcelado las provincias en grandes fincas para las familias del Senado.

El Fundamento de la Civilización

Yo ne sé tocar ningun instrumento
de cuerda; pero deciros cómo
de una aldehuela se hace una ciudad
grande y gloriosa. — Temístocles
En todos sus detalles, asi como en sus rasgos principales, el origen y crecimiento de la civilización europea demuestra cuán verdad es que el progreso avanza cuando la sociedad tiende a una asociación más compacta y a una mayor equidad. Civilización es colaboración. Unión y libertad son sus factores. El gran aumento de la asociación, no sólo por el desarrollo de colectividades mayores y más densas, sino por el aumento del comercio y múltiples cambios que mantienen unida cada una de ellas y las enlazan entre sí por separadas que estén; el desarrollo de la ley internacional y municipal; los avances en la seguridad personal y de la propiedad, en la libertad individual y hacia el gobierno democrático; los avances, en suma, hacia el reconocimiento de los iguales derechos a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Esto es lo que ha hecho nuestra civilización moderna tanto más grande y elevada que cualquier anterior a ella. Es lo que, poniendo en libertad el poder mental, ha descorrido el velo de la ignorancia que ocultaba al saber humano todo el globo, excepto una pequeña porción del mismo, el poder mental que ha medido las órbitas de las esferas en revolución y nos hace ver la vida moverse y palpitar en una gota de agua; que nos ha abierto la antecámara de los misterios de la naturaleza y ha leído los secretos de un pasado enterrado hace mucho tiempo; que ha puesto a nuestro servicio fuerzas físicas a cuyo lado los esfuerzos humanos son exiguos, y que ha aumentado el poder productivo con miles de grandes inventos.

Reprobación de la Guerra y la Esclavitud

Con el espíritu de fatalismo que, como ya indiqué, impregna la literatura corriente, esta de moda hablar hasta de la guerra y la esclavitud como medios de progreso humano. Pero la guerra, que es lo contrario de la asociación, no puede ayudar al progreso, sino solamente cuando impide ulteriores guerras o derriba barreras antisociales que por si mismas son una guerra pasiva. En cuanto a la esclavitud, no creo que ninguna vez haya ayudado a establecer la libertad. Desde el más rudo estado en que cabe imaginar al hombre, la libertad, sinónimo de la equidad, ha sido el estímulo y la condición del progreso. la esclavitud nunca ha contribuido ni pudo contribuir al mejoramiento. Tanto si la sociedad consiste en un solo amo y un solo esclavo como si la forman miles de amos y millones de esclavos, la esclavitud trae consigo un despilfarro del poder humano; pues no sólo el trabajo esclavo es menos productivo que el trabajo libre, sino que el poder de los amos se malgasta en retener y vigilar a sus esclavos, desviándose de las direcciones en que está el verdadero progreso. En todos sus aspectos, la esclavitud, como toda otra negación de la igualdad natural de los hombres, ha estorbado e impedido el progreso. En la misma proporción en que la esclavitud desempeña un papel importante en la organización social, el progreso se detiene. Que la esclavitud fuese universal en el mundo clásico es, sin duda, la razón por la cual la actividad mental que tanto pulió la literatura y refinó al arte, nunca acertó a hacer ninguno de los grandes descubrimientos e inventos que distinguen la moderna civilización. En una colectividad esclavista, las clases altas pueden adquirir lujo y refinamiento, pero nunca inventiva. Todo lo que degrada al trabajador y le roba los frutos de su fatiga, sofoca el espíritu de invención e impide utilizar los inventos y descubrimientos, aun cuando se hayan hecho.

Sólo a la libertad le es dado el hechizo que subyuga a los genios mágicos, custodios de los tesoros de la tierra y de las fuerzas invisibles del aire la ley del progreso humano, ¿qué es sino la ley moral? En cuanto la organización social promueve la justicia, reconoce la igualdad de derechos entre los hombres y asegura a todos la perfecta libertad que sólo está limitada por la igual libertad de los demás, la civilización ha de progresar. En cuanto deja de actuar así la civilización que avanza, se estanca y retrocede.


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