CAPITULO 22

CAMBIOS RESULTANTES
EN LA VIDA ECONOMICA Y SOCIAL

Eliminados los impedimentos que ahora
oprimen la industria y estorban el intercambio,
la producción de riqueza podría avanzar
con una rapidez ni soñada hoy día.

Al substituir por un impuesto único sobre el valor de la tierra los numerosos tributos con que hoy se recaudan los ingresos públicos, las ventajas que se obtendrían aparecerán cada vez más importantes a medida que se examinen.

Abolir los actuales impuestos, cuyas acciones y reacciones entorpecen todos los engranajes del cambio y oprimen todas las formas de la producción, sería como quitarle de encima un peso enorme a un resorte poderoso. Impulsada por nuevas energías, la producción entraría en una nueva vida y el comercio recibiría un estímulo que se sentiría en las más remotas arterias.

El actual sistema tributario obra sobre el cambio como desiertos y montañas artificiales. Hacer pasar las mercancías por una aduana puede costar tanto como hacerles dar la vuelta al mundo. La actual tributación obra sobre la energía, la laboriosidad, la destreza y el ahorro, como una multa impuesta a estas cualidades. Si habéis trabajado con ahínco en construiros una buena casa, mientras yo me he contentado con vivir en una choza, el recaudador de impuestos vendrá ahora cada año para haceros pagar una multa por vuestra energía y actividad, gravándoos más que a mí. Si habéis ahorrado mientras yo malgastaba, os multarán, mientras que a mí me eximirán.

Castigamos con un impuesto al que cubre de grano maduro los campos estériles; multamos al que instala maquinaria y al que deseca un cenagal. Hasta qué punto estos impuestos pesan sobre la producción, sólo lo comprueban quienes han intentado seguirlos a través de sus ramificaciones porque su mayor peso recae en el aumento de los precios. Estos impuestos son, sin duda, semejantes al que el bajá egipcio puso a las palmeras. Si no inducen a talar los árboles, por lo menos disuaden de plantarlos.

La Actividad se Desgrava

Abolir estos impuestos sería quitar a la actividad productora todo el enorme peso de la tributación. La aguja de la costurera y la gran fábrica, el caballo de tiro y la locomotora, la barca de pesca y el buque de vapor, el arado del labriego y las existencias del mercader, quedarían igualmente desgravados.Todos los hombres serían libres para hacer y ahorrar, para comprar y vender, sin ser multados con impuestos ni ser fastidiados por el recaudador. El gobierno, en vez de decir, como ahora, al productor: «Cuanto más aumentes la riqueza general más impuestos pagarás», le diría: «¡Sé tan activo, tan ahorrador, tan emprendedor como quieras y tendrás toda tu plena recompensa¡ No serás multado por hacer crecer dos hojas de pasto donde antes crecía una; no pagarás impuesto por aumentar la riqueza general.»

¿No ganaria la sociedad al negarse a matar la gallina de los huevos de oro, al quitarle el bozal al buey* que trilla el grano, al dejar a la actividad, el ahorro y la destreza su natural recompensa completa e intacta? Pues también para la colectividad hay una recompensa natural. La ley de la sociedad es «cada uno para todos», lo mismo que «todos para cada uno». Nadie puede guardarse para sí el bien que puede hacer, como tampoco puede guardarse el mal. Toda empresa productiva, además de la ganancia del que la lleva a cabo, da indirectamente ventajas a los demás. Si un hombre planta un árbol frutal, su ganancia está en recoger la fruta en su tiempo y sazón. Pero además de esta ganancia, hay otra para toda la colectividad. Otros que no son el dueño se benefician del mayor suministro de fruta; los pájaros que se acogen al árbol vuelan lejos; la lluvia a que coadyuva no cae solamente en su campo; y hasta a los ojos que de lejos lo miran les da una sensación de belleza. Y así ocurre en todo lo demás. La construcción de una casa, una fábrica, un barco o un ferrocarril, benefician a otros, además de los que obtienen las ganancias directas.

Bien puede la sociedad dejar al individuo productor todo lo que le incita a esforzarse; bien puede dejar al trabajador toda la recompensa de su trabajo y al capitalista todo el interés de su capital. Pues cuanto más producen el trabajo y el capital, más aumenta la riqueza conjunta de que todos pueden participar. Y esta ganancia general se expresa de un modo definido y concreto en el valor o renta de la tierra. He aquí un fondo que el Estado puede adquirir, dejando que el trabajo y el capital obtengan íntegras sus propias recompensas.

Se Abren Nuevas Oportunidades

Trasladar al valor o renta de la tierra la carga tributaria que grava la producción y el cambio, no sólo daría nuevo estímulo a la producción de riqueza; abriría nuevas oportunidades. Porque, con este sistema, nadie querría retener tierra sin usarla y la tierra que hoy se niega al uso, en todas partes se ofrecería a la explotación. Y debe recordarse que esto no ocurriría sólo en la tierra agrícola, sino en todas las tierras. La tierra minera se abriría de par en par al uso, lo mismo que la tierra agrícola, y, en el corazón de una ciudad, nadie podría negar la tierra a su uso más provechoso, ni en los suburbios pedir por ella más de lo justificado, en aquel momento, por el uso a que podría destinarse. Quien plantara un huerto, sembrase un campo, edificara una casa o construyese una fábrica, por mucho que le costara, no tendría que pagar más impuesto que si guardara yerma la tierra. El dueño de un solar vacante, por el privilegio de excluir del mismo a los demás mientras él no necesitase usarlo, tendría que pagar lo mismo que su vecino que tiene una hermosa casa en el suyo. Guardar una hilera de ruinosas casuchas sobre una tierra valiosa costaría tanto como si esta tierra estuviese ocupada por un gran hotel o un edificio de grandes almacenes repletos de ricas mercancías.

El precio de venta de la tierra bajaría; la especulación en tierra recibiría un golpe mortal; acaparar tierra ya no daría ganancias. De este modo desaparecería la prima que, dondequiera que el trabajo es más productivo, se ha de pagar antes de poder efectuarlo. El labrador ya no tendría que pagar la mitad de sus caudales o hipotecar muchos años de trabajo, para obtener tierra que cultivar. La compañía que tratase de levantar, una fábrica, no tendría que gastar por el emplazamiento una gran parte de su capital. Y lo que cada año se pagaría al Estado, substituiría todos los impuestos que ahora gravan las mejoras, maquinarias y existencias.

Efecto Sobre el Mercado de Trabajo

Considerad cómo este cambio actuaría sobre el mercado del trabajo. En vez de competir los trabajadores entre sí para conseguir ocupación, reduciendo así los salarios hasta el límite de la mera subsistencia, competirían los patronos para conseguir trabajadores y los salarios subirían la justa ganancia del trabajo. Porque en dicho mercado entraría, para emplear trabajo, el mayor de todos los competidores, cuya demanda de brazos no puede quedar satisfecha hasta que se ha contentado el deseo: la demanda hecha por el trabajo mismo. Los patronos, estimulados por el mayor giro, tendrían que subir los salarios, compitiendo, no sólo contra los demás patronos, sino frente a la aptitud de los trabajadores para establecerse por cuenta propia en las oportunidades naturales abiertas a ellos por el impuesto que impediría monopolizarlas.

Con las oportunidades naturales así ofrecidas libremente al trabajo, con el capital o mejoras exentos de impuestos y con el cambio libre de restricciones, resultaría imposible que, deseando trabajar, los hombres no puedan convertir su trabajo en las cosas que necesitan; cesarían las repetidas crisis que paralizan la actividad; cada rueda de la producción se pondría en marcha; aumentaría el comercio en todas direcciones y aumentaría la riqueza de todos y cada uno. No obstante, por grandes que de este modo nos parezcan, las ventajas de transferir todas las cargas públicas a un impuesto sobre el valor de la tierra, no se puedan apreciar bien hasta que consideremos el resultado en la distribución de la riqueza.

Efectos Sobre los Individuos y las Clases

Mientras avanzara el progreso,
las condiciones de las masas se mejoraría
constantamente. No solo una clase se haría
más rico, sino todo se harían más ricos.
¿Quién puede decir hasta qué infinito poder se elevará la capacidad productiva del trabajo gracias a disposiciones sociales que den a los productores de riqueza la justa proporción de sus ventajas y sus goces? Toda nueva fuerza puesta al servicio del hombre mejoraría la situación de todos. Y de la general inteligencia y actividad mental que dimanaría de este mejoramiento de situación, brotarían nuevos desarrollos de poderes que ahora ni siquiera podemos soñar.

Cuando por primera vez se propone poner todos los impuestos sobre el valor de la tierra y recaudar así la renta, no faltan llamamientos al miedo de los pequeños propietarios rurales y dueños de su vivienda, diciéndoles que se propone robarles su propiedad que tanto les costó adquirir. Pero un momento de reflexión mostrará que aquella proposición es, por sí misma, recomendable a todos aquellos cuyas conveniencias como terratenientes no excedan mucho a sus conveniencias como trabajadores, capitalistas o ambas cosas.

Mirad el caso del artesano, tendero u hombre de carrera que se ha procurado el solar y la casa en que vive y los contempla satisfecho como un sitio de donde su familia no puede ser expulsada en el caso de que él muriese. Aunque tendrá que pagar impuesto por su tierra, quedará libre de impuestos sobre su casa y mejoras, sobre su ajuar y propiedad mobiliaria, sobre lo que él y su familia comen, beben y visten, mientras que sus ingresos aumentarán mucho con el alza de los salarios, la constante ocupación y la mayor actividad de los negocios.

Y lo mismo en el caso del agricultor. Yo no hablo del agricultor que nunca empuña la esteva del arado, sino del que trabaja y posee una pequeña finca que cultiva con la ayuda de sus hijos y quizás de algún asalariado. Ganará mucho al substituirse por un impuesto sobre el valor del suelo todos los impuestos sobre las cosas producidas, porque el primero carga sólo el valor de la tierra, el cual en las comarcas agrícolas es bajo en comparación con el de las capitales y ciudades, que es alto. Hectárea por hectárea, la finca mejorada y cultivada, con sus edificios, cerca, huertos, cosechas y existencias, no tributaría más que una tierra yerma de igual calidad. Porque los impuestos, al recaer solamente sobre el valor de la tierra, gravarían lo mismo la tierra mejorada que la tierra inculta.

En resumen, el agricultor que cultiva su propia tierra es trabajador y capitalista tanto como propietario, y vive de su trabajo y su capital. Su pérdida sería nominal; su ganancia sería real y grande.

Esto también es verdad para los propietarios. Muchos de ellos son trabajadores en algún ramo; y es dificil hallar algún propietario de tierra que no sea también dueño de capital. Quien posee más tierra, suele poseer también más capital; tan cierto es esto, que se suele confundir el amo de tierras con el de capital. A quien le tomase la renta, el impuesto le dejaría los edificios y los diversos bienes «muebles». Le quedaría mucho de qué disfrutar y podría disfrutarlo en una sociedad mucho mejor que la actual. Los únicos que relativamente perderían serían quienes pueden perder mucho sin resultar de veras perjudicados. Y no habría temor a las grandes fortunas, porque cuando cada cual obtiene lo que gana de un modo justo, nadie gana más de lo que es justo. ¿Cuántos hombres hay que ganen honradarnente un millón de dólares?

Simplificación del Gobierno

Desaparecería la gran injusticia que quita la riqueza de manos de los que la producen y la concentra en manos de quienes no producen. Las diferencias que persistiesen serían las naturales, no las artificiales provocadas al negar la igualdad de derechos. La riqueza no sólo aumentaría enormemente; sería distribuida de acuerdo con el grado en que la actividad, la destreza, el saber o la prudencia de cada uno contribuyera al caudal conjunto.

No es posible, sin extenderse demasiado, indicar todos los cambios originados o facilitados por esta reforma que reajustaría los cimientos mismos de la sociedad. Uno de dichos cambios es la gran simplificación que se podría hacer en el gobierno. Recaudar impuestos, evitar y castigar la ocultación, registrar e inspeccionar los ingresos de tantas procedencias diferentes, constituye actualmente una gran parte de la tarea del gobierno. Por esto se ahorraría una inmensa y complicada red de administración gubernamental. El alza de salarios, la aparición de nuevas oportunidades para que todos se ganen fácil y cómodamente la vida, haría disminuir en seguida y pronto eliminaría de la sociedad los ladrones, estafadores y otras clases de criminales que provienen de la desigual distribución de la riqueza. De este modo, la administración de justicia en lo criminal, con todo su aditamiento de guardias, policía secreta, cárceles y penitenciarías, dejaría de absorber tanta fuerza vital y atención de la sociedad. Las funciones legislativa, judicial y ejecutiva del gobierno se simplificarían enormemente. De este modo la sociedad se aproximaría al ideal democrático de Jefferson*.

CAPITULO 23

EL MOTIVO SUPREMO DE ACCION HUMANA

Al pensar en las posibilidades de organización social, nos inclinamos a creer que la codicia es el más fuerte de los móviles humanos y que la seguridad de los sistemas de administración solamente puede fundarse en mantener la honradez humana por medio del temor al castigo; que las conveniencias del egoísmo son siempre más fuertes que los intereses colectivos. Nada hay más lejos de la verdad.

Todo lo que tiene fuerza para el mal, puede tenerla para el bien. El cambio que ha propuesto destruiría las condiciones que deforman impulsos benéficos en sí mismos, y transformaría las fuerzas que hoy tienden a desquiciar la sociedad, en fuerzas que tenderían a unirla y purificarla.

Dad al trabajo libertad de producción y todas sus ganancias; tomad en beneficio de toda la colectividad el fondo creado por el aumento de la misma, y desaparecerán la miseria y el temor a ésta. Los resortes de la producción quedarían libres y el enorme aumento de la riqueza proporcionaría a los más pobres amplia comodidad. Los hombres no se preocuparían por hallar ocupación, más de lo que hoy se preocupan por hallar aire que respirar; ni tendrían que cuidarse de las exigencias físicas más de lo que se preocupan los lirios del campo. El progreso de la ciencia, el adelanto de los inventos, la difusión del saber beneficiarían a todos. Con esta abolición de la miseria y del temor a ésta, decaería la admiración de las fortunas y los hombres buscarían el respeto y la aprobación de sus semejantes por medios distintos de la adquisición y ostentación de la riqueza. De esta manera se prestaría a la dirección de los asuntos públicos y a la administración de los fondos colectivos la destreza, la atención, la fidelidad y la probidad que hoy se aplican solamente a los intereses particulares.

Corta de vista es la filosofía que cuenta con el egoísmo como el más fuerte móvil de la acción humana. Es ciega ante innumerables hechos de la vida. No ve lo presente ni lee con acierto el pasado. Si queréis llevar del hombre a que no actúe, ¿a qué apelaréis? No a su bolsillo, sino a su patriotismo; no al egoísmo, sino a la generosidad. El interés personal viene a ser como una fuerza mecánica poderosa, es verdad; capaz de grandes y extensos resultados. Pero hay en la naturaleza humana lo que podría compararse a una fuerza química que funde, fusiona y domina, a la que nada le parece imposible. «Todo lo que un hombre tiene, lo dará por su vida». Ésto es interés propio. Pero, fieles a impulsos más nobles, los hombres darán hasta la vida.

Lo que Inspira al Hombre

No es el egoísmo lo que puebla de héroes y santos las crónicas de todos los pueblos. No es el egoísmo lo que en cada página de la historia del mundo irrumpe con el súbito esplendor de nobles gestas o expande el brillo suave de vidas bondadosas. No fue el egoísmo lo que alejó a Gautama* de su casa real o mandó a la doncella de Orleáns* levantar la espada del altar; lo que sostuvo a los Trescientos* en el Paso de las Termópilas* o juntó el haz de lanzas en el pecho de Winkelried*; lo que encadenó a Vicente de Paúl* en el banco de la galera o que, durante el hambre en la India, encaminaba a los niños famélicos tambaleándose hacia los puestos de socorro, llevando a cuestas a otros aún más débiles y extenuados. Llámese religión, patriotismo, compasión, humanitarismo o amor a Dios, dadle el nombre que querráis; hay una fuerza que sobrepuja y destierra el egoísmo; una fuerza que electriza el universo moral; una fuerza a cuyo lado todas las demás son débiles. Dondequiera que han existido hombres, ha demostrado su poder, y hoy, como siempre, está extendida por todo el mundo. Digno de lástima es el que nunca la ha visto ni sentido. Mirad alrededor de vosotros. Entre hombres y mujeres vulgares, entre los cuidados y la lucha de la vida diaria, en el tumulto ruidoso de la calle y en la suciedad donde se refugia la miseria, por todas partes las tinieblas se iluminan con el trémulo brillo de su llama suave. Quien no la ha visto anduvo con los ojos cerrados. El que mira, puede ver que, como dice Plutarco*, «el alma tiene en sí misma un principio de bondad y ha nacido para amar, tanto como para percibir, pensar o recordar».

La que Impide el Desarrollo Armónico

Suprimir la miseria y el miedo a la miseria,
dar a todas las clases ocio, comodidad
e independencia, y las oportunidades
para el desarrollo mental y moral,
sería como conducir agua a un desierto.
Y esta fuerza de las fuerzas, que hoy se desperdicia o toma formas pervertidas, podemos utilizarla para fortalecer, elevar y ennoblecer la sociedad del mismo modo que hoy empleamos energías físicas que antaño sólo parecían fuerzas destructoras. Todo lo que tenemos que hacer es darle libertad y objetivo. La injusticia que produce desigualdad; la injusticia que en medio de la abundancia tortura a los hombres con la miseria o los agobia con el temor a la miseria; que los desmedra en lo físico, los degrada intelectualmcnte y los pervierte en lo moral, es lo único que impide el desarrollo social armónico. Porque «todo lo que viene de los dioses es providencial. Somos creados para la colaboración, como los pies, como las manos como los párpados, como las filas de dientes de arriba y de abajo».(1)

Hay gente que son incapaces de comprender una situación social mejor que la existente ahora, para quienes la posibilidad de una situación social en que la codicia fuese desterrada, las cárceles estuviesen vacías, la conveniencias individuales se subordinasen al interés colectivo y nadie tratase de robar u oprimir a su prójimo, no es más que un desvarío de visionario. Aunque entre ellas haya quienes escriben libros, ocupan cátedras universitarias o suben a los púlpitos, esta gente no piensa. Si acostumbrasen a comer en estos fonduchos donde los cuchillos y tenedores están encadenados a las mesas, creerían que el hombre tiene la propensión natural a hurtar los cubiertos con que ha comido.

Contemplad una reunión de hombres y mujeres bien educados que comen juntos. No se disputan los manjares, no miran de tomar más que el vecino de al lado; no procuran atiborrarse ni sustraer comida. Por el contrario, cada uno se esmera en atender a su vecino antes de servirse a sí mismo, en ofrecer a otro lo mejor, antes de tomarlo para sí; y si alguno mostrase la más leve propensión a satisfacer su propio apetito de preferencia al de los demás, o a cometer alguna suciedad o ratería, el castigo, pronto y severo, del desprecio social y el ostracismo, probarían que la opinión corriente reprueba semejante conducta.

Diferentes Estados Sociales

Todo esto es tan usual, que no llama la atención, que parece el estado de cosas natural. No obstante, que los hombres no ambicionen alimento no es más natural que el no ambicionar riqueza. Los hombres codician el alimento cuando no están seguros de que haya una justa y equitativa distribución que a cada uno le dé bastante. Pero cuando ya hay seguridad de ello, dejan de ambicionar comida. Igualmente en la sociedad, como está constituida hoy, la gente codicia la riqueza, porque las condiciones de distribución son tan injustas que, en vez de asegurar lo suficiente a cada uno, muchos tienen la certeza de estar condenados a la miseria. «El último mono es el que se ahoga» en la estructura social presente, y esto es la causa de las carreras y rebatiñas por la riqueza, en las que se pisotea toda consideración de justicia, compasión, religión y sentimientos; en las que los hombres olvidan sus propias almas y al borde de la tumba luchan por lo que no pueden llevarse más allá. Pero una equitativa distribución de la riqueza, que librase del temor a la miseria, destruiría la ambición de riqueza del mismo modo que en una sociedad bien educada se ha destruido la avidez por la comida.

Considerad el hecho real de una sociedad culta y refinada, en la cual las pasiones groseras no se refrenan por la fuerza o por la ley, sino por la opinión general y el mutuo deseo de agradar. Si esto es posible para una parte de la sociedad, lo es para toda ella. Hay estados sociales en los cuales todo el mundo ha de ir armado, donde cada uno ha de mantenerse dispuesto a defender con mano fuerte su persona y sus bienes. Si con el progreso hemos superado esta situación, podemos progresar aún más allá.

El Estímulo a Progresar

Se Puede decir, no obstante, que al desterrar la miseria y el temor a ella, se destruiría el estímulo al esfuerzo; la gente, sencillamente, se volvería holgazana, y un estado de bienestar y satisfacción generales sería la muerte del progreso. Este es el argumento de los antiguos dueños de esclavos; que a los hombres no se les lleva al trabajo, si no es con el látigo. Nada hay más falso.

Se puede desterrar la miseria, pero quedará el deseo. El hombre es un animal insatisfecho. Sólo ha comenzado a explorar y tiene ante sí todo el universo. Cada paso que da le abre nuevas perspectivas e inflama nuevos deseos. Es el animal constructor: forma, perfecciona, inventa y junta, y cuanto más grande es lo que hace, tanto más grande es lo que quiere hacer. Es más que un animal. Sea cual fuere la inteligencia que alienta en toda la naturaleza, el hombre está hecha a su semejanza. El buque de vapor, impulsado por su resollante máquina a través de los mares, es, en su género, ya que no en su calidad, una creación, como lo es la ballena que los surca por debajo. El telescopio y el microscopio, ¿qué son sino ojos adicionales que el hombre ha hecho para sí? Los suaves tejidos y bellos colores con que se adornan nuestras mujeres, ¿no corresponden al plumaje que la naturaleza dio al pájaro? El hombre ha de hacer algo o imaginarse que hace algo, porque en él palpita el impulso creador; el que simplemente se tumba al sol, no es un hombre natural, sino un anormal.

No es el trabajo en sí, lo que repugna al hombre; no es la natural necesidad del esfuerzo lo que es una maldición; lo es sólo el esfuerzo que no produce nada, el esfuerzo del cual no se pueden ver los resultados. Afanarse día tras día y no lograr más que lo indispensable para vivir, esto es lo que es penoso de veras; es como el suplicio infernal que obligaba a bombar su pena de ahogarse o a rodar una cabria su pena de ser aplastado. Pero libres de esta necesidad, los hombres trabajarían con más ahínco y mejor, porque entonces lo harían siguiendo sus inclinaciónes entonces realmente se darían cuenta de estar haciendo algo para sí mismos o para los demás.

De hecho, el trabajo que mejora la situación de la humanidad, el trabajo que difunde el saber, aumenta el poder, enriquece la literatura y eleva el pensamiento, no se hace para ganarse la vida. No es el trabajo de esclavos impuesto por el látigo del amo o por las exigencias de la vida animal. Es el trabajo de los que lo hacen por el trabajo mismo, y no para comer o beber o vestir u ostentar. En una situación social en que la miseria fuese abolida, el trabajo de esta clase aumentaría enormemente.

Poder Mental Liberado

Me inclino a creer que el resultado de recaudar la renta de la manera que he propuesto, daría lugar a que la organización del trabajo, donde se requieran grandes capitales, tomase la forma cooperativa, puesto que la más equitativa distribución de la riqueza juntaría el capitalista y al trabajador en una misma persona. Pero, que sea o no así, tiene poca importancia. La dura fatiga del trabajo rutinario desaparecería. Los salarios serían demasiado altos y las oportunidades demasiado grandes, para que nadie se viese obligado a reprimir y sofocar las más elevadas cualidades propias, y en toda ocupación el cerebro auxiliaría a la mano. El trabajo, aun el más basto, se volvería agradable. La tendencia de la producción moderna a subdividirse no implicaría monotonía ni mengua de la habilidad del trabajador, puesto que la aliviarían la brevedad de la jornada, la variedad y la alternación de las ocupaciones manuales con las intelectuales.

El mayor de los despilfarros debidos a la actual estructura social es el despilfarro de poder mental. ¡Cuán pequeñísimas son las fuerzas que contribuyen al avance de la civilización, comparadas con las que permanecen latentes! ¡Cuán pocos son los pensadores, los descubridores, los inventores, los organizadoras, en comparación con la gran masa del pueblo! Sin embargo, hombres como estos nacen en abundancia; son las circunstancias las que a tan pocos permiten desarrollar sus facultades.

De lo mejor que hay en nosotros, adquisiciones, posición y hasta carácter, ¡Cuán poco se puede atribuir a nosotros mismos! ¡Cuánto debemos a las influencias que nos han moldeado! ¿Quién hay que sea prudente, instruido, discreto o fuerte, que, al recordar la historia íntima de su vida, no pueda, como el emperador Estoico*, dar gracias a los dioses, por haberle proporcionado en todas partes multitud de buenos ejemplos, nobles pensamientos y felices ocasiones? ¿En quién, llegado al meridiano de su vida y mirando a su alrededor, no hallaría eco el pensamiento del piadoso inglés, al ver un criminal yendo al patíbulo: «A no ser por la gracia de Dios, allí hubiera ido yo»? La herencia tiene muy poca importancia, si se compara con el medio ambiente. Este, decimos, es el resultado de mil años de progreso europeo; aquél, el de mil años de petrificación china. Pero situad un niño en el corazón de China y, excepto el ángulo de los ojos y el color del cabello, el caucásico* crecería como los que le rodean, hablando igual lenguaje, pensando iguales ideas, demostrando iguales gustos. Trocad en su cuna a lady Vere de Vere* por una niña de los barrios bajos, y la sangre de cien condes, ¿haría de aquélla una mujer culta y refinada?

Suprimir la miseria y el miedo a la miseria, dar a todas las clases ocio, comodidad e independencia, el decoro y los refinamientos de la vida y las oportunidades para el desarrollo mental y moral, sería como conducir agua a un desierto. La tierra estéril se revestiría de verdor y los sitios infecundos, de donde la vida parecería desterrada se animarían con la jaspeada sombra de los árboles y el melodioso canto de los pájaros. Talentos ahora ocultos, virtudes insospechadas, brotarían haciendo la vida humana más rica, más completa, más feliz, más noble. Porque en los hombres redondos metidos en huecos triangulares y en los hombres triangulares apretujados en huecos redondos; en estos hombres que malgastan sus energías pugnando por ser ricos; en los que en las fábricas se convierten en máquinas o que la necesidad encadena al banco o al arado; en estos niños que crecen en la sordidez, el vicio y la ignorancia, hay facultades de primera calidad y los talentos más espléndidos. Todo lo que necesitan es la oportunidad para desarrollarlos.

Considerad las posibilidades de un estado de la sociedad que diera esta oportunidad a todos. Dejad que la imaginación complete el cuadro; sus colores son demasiado brillantes para pintarlos con palabras. Figuraos la elevación moral, la actividad intelectual, la vida social. Considerad cómo los individuos de toda colectividad están entrelazados por mil relaciones mutuas y cómo, en el actual estado de cosas, hasta los pocos afortunados que están en el vértice de la pirámide social, han de sufrir, aun sin saberlo, por la miseria, la ignorancia y la degradación que se extiende a sus pies. El cambio que yo propongo sería en bien de todos, hasta del mayor propietario. ¿No estaría más seguro del porvenir de sus hijos, al dejarlos sin un céntimo en tal estado social, que al dejarles la mayor fortuna en éste? Si semejante estado de la sociedad existiera en algún sitio, ¿no pagaría barata la entrada en él, al ceder todas sus propiedades? --

(1) Marco Aurelio, Meditaciones, libro II


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